El talismán de Peñarol

Invicto. El juvenil Nicolás Raguso, quien tenía cuatro años la última vez que se había conseguido el Apertura, nunca perdió

Cuántas cosas pasaron en Uruguay y el mundo desde 1996, la última vez que Peñarol había ganado el Apertura hasta que lo obtuvo el domingo. En el país, por primera vez un partido de izquierda ganó las elecciones, se vivió una de las peores crisis financieras de la historia, hubo un brote de fiebre aftosa y, en el resto del orbe, atentaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono en Estados Unidos, se produjeron las guerras de Afganistán e Irak y Jorge Drexler ganó un Oscar.

Obviamente que sucedieron muchísimos hechos más, pero sería muy extenso enumerarlos. En aquel entonces un niño de cuatro años iba al Colegio San Rafael en el Cerro de Montevideo y cursaba el ciclo preescolar. Era Nicolás Raguso, el talismán, la cábala de hoy de Peñarol, quien con 20 no solo se acaba de coronar campeón de este torneo, sino que se mantiene invicto desde que debutó en el Clausura pasado ante Rentistas.

Es un producto genuino del barrio Santa Catalina, detrás del Cerro. Nació allí, pasó por el barrio Peñarol, luego Malvín y retornó a sus fuentes.

Nicolás se inició en el baby fútbol de Progreso y un conocido de su madre Shirley lo llevó a Peñarol. “Todavía no tenía 10 años y no tomaban a menores de 12, pero Cacho Caetano me dio la oportunidad de probarme y quedé”, recordó para El Observador.

Tuvo a 11 entrenadores distintos y uno de sus principales recuerdos de inferiores es cuando golearon en Sexta a Nacional en el Parque Central 5-1. “Cuando íbamos a subir al ómnibus de regreso, unos hinchas de ellos tiraron unas bombas y no sé cómo, pero se incendió el bus. Zafamos justito porque no habíamos subido”.

Aquel puntero izquierdo esmirriado fue cambiando de puesto. Cacho Caetano lo probó de “10” y un día le dijo que su mejor puesto sería el de lateral izquierdo, la misma posición en la que se había destacado su mentor. Pese a que Caetano falleció, hoy Nicolás mantiene una estrecha amistad con su esposa Rosita. “Es como mi madrina. A veces comemos juntos”. Su situación es muy similar a la de Antonio Pacheco en este sentido.

Cuando jugaba en Quinta división, se fracturó el quinto metatarsiano derecho. Luego de esa lesión, esperó dos meses y volvió a jugar, pero se resintió y volvió a fracturarse, ya que el hueso no había soldado bien. Entonces lo operaron y estuvo un año parado.

“En ese momento pensé que iba a abandonar el fútbol”, recuerda Raguso.

Jorge Da Silva lo hizo debutar en Primera, pero no fue en este Apertura como muchos pueden pensar. Fue en el Clausura pasado en un encuentro nocturno contra Rentistas.

“Justo ese día, mi hermano Gonzalo, quien hoy tiene 19 años,  estaba internado porque había tenido un accidente con su moto : chocó contra un auto y perdió los nervios de uno de sus brazos. Hoy todavía continúa tratando de recuperarse al 100%”, explicó.

Y justo Gonzalo y su otra hermana, Virginia, de 17, estaban en la Tribuna Ámsterdam ante Juventud el domingo pasado cuando en pleno segundo tiempo comenzaron los disturbios.

“Al principio del partido me costó concentrarme porque nunca había jugado con el estadio tan lleno. Pero después estaba muy concentrado y la verdad es que no me preocupé por cómo les podía estar yendo a mis hermanos. Pero después, viéndolo por televisión, me di cuenta que estuvo bastante bravo”, indicó.

Terminó el encuentro con un llanto que le brotó espontáneo. “Estaba muy emocionado por el sacrificio de toda mi vida y por eso fui a abrazar a mi madre a la Platea América. Porque ella  disfruta, pero también sufre”.

Lo que más resalta del Apertura es que “la gente me ovacionó en mi primer partido contra Bella Vista y me dio fuerza y confianza. De eso no me olvido más”.

También reconoce que “fue un torneo muy sufrido y una vez que entré, no quería salir por nada. Tenía una ansiedad bárbara. Es que si me lesionaba corría el riesgo de perder el puesto como le pasó a (Damián) Macaluso. Por suerte, me perdí un solo partido por lesión y después volví con el apoyo del cuerpo técnico”.

Si tiene que nombrar un ídolo lo hace por partida doble: Darío y Roberto Carlos. “¿Si lo digo para quedar bien con Darío?” (Se ríe a carcajadas). “No, desde chico, cuando iba a ver a Peñarol ya me gustaba su forma de jugar. Dejó su marca en el club y la sigue dejando”.

Justamente Darío es uno de los que más lo aconseja. “Es fundamental porque me habla mucho en los partidos y también en las prácticas. El Lolo (Estoyanoff) era otro que me hablaba mucho cuando me traía antes de que yo me comprara mi auto”, explicó.

En Peñarol saben lo que vale. Tanto es así que este año firmó un contrato hasta 2016, algo que ninguno de los titulares pudo hacer.

Es que como dice él “soy la cábala, el talismán del equipo. Sigo invicto”. Raguso es así. Llegó para quedarse.


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