El sueño en sus manos

Eduardo Dutra, el principal atleta paralímpico uruguayo, habló de su vida, su carrera deportiva y su máxima aspiración deportiva: llegar a los juegos olímpicos de Río 2016, para los que se prepara día a día

A las 7:30 de la mañana, el taxi se para frente a una de las viviendas del Padre Cacho. Eduardo Dutra hace señas desde el otro lado de la reja. “Es acá”, dice. En su silla de ruedas convencional, abre la puerta del acceso a su hogar, espacio en el que descansa su otra silla, la de competencia.

“Pasen”, dice a los periodistas de El Observador.  Luego del saludo y antes de que se prenda la cámara, barre el brillante piso de su casa. “En la cocina puse piso nuevo, lo hice yo”, cuenta, con orgullo. A los pocos minutos, se levanta su señora, Laura, y va a despertar a Benjamín, el hijo de ambos, quien sale de su cuarto con el uniforme del colegio. Toma el jugo que le sirvió su padre, se calza la mochila, se despiden y sale con su madre para la escuela.

“Así son todas las mañanas”, agrega Dutra, el atleta paralímpico que compite en silla de ruedas y que sueña con llegar al Parapanamericano de Toronto y a los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro. Luego se abriga, tomas sus cosas, cambia de silla y sale rumbo a la parada de San Martín y Teniente Rinaldi.

No quería la silla
Al pedirle que cuente su historia, Eduardo se explaya con la naturalidad de haber respondido esa pregunta varias veces. “Nací con una malformación congénita y de chiquito me amputaron una pierna y después, como a los 7 años, me amputaron la otra. Hice toda la escuela con piernas ortopédicas. Y cuando empecé el liceo había algunos problemas con unas piernas ortopédicas que no se estaban fabricando y tuve que empezar a usar silla de ruedas. No quería saber nada con las sillas”, recordó

“Hasta que le agarré la mano. Empecé el liceo, me invitaron a jugar al básquetbol y como que de repente aprendí mucho con la silla, me empecé a manejar muy bien y me acostumbré. En el club Onpli (Organización Nacional Pro-Laboral para Lisiados)  me invitaron a correr mi primera San Felipe y Santiago”, agregó.

Luego, le tomó el gusto a las carreras de calle, se compró su primera silla para correr con la que hizo varias pruebas y se interiorizó cada vez más en el atletismo, hasta llegar a la pista hace unos cuatro años. Comenzó a entrenar con su actual profesor, Patricio Melo, con quien ha “mejorado muchísimo”, según contó.

Su evolución lo llevó a bajar marcas y entrar en el ranking mundial. “Fui a competir a un Sudamericano en Chile y después a un open en Brasil el año pasado, y ahora nos estamos preparando para poder cumplir el sueño olímpico. Vamos paso a paso, primero queremos conseguir la marca para los ParaPanamericanos de Toronto y después ir en busca de la clasificación a Rio 2016”.


En el 328
En su silla de competición, Eduardo cierra la puerta y acelera. Toma la bajada de San Martín hasta llevar a la parada de ómnibus. El 328 es su medio de transporte hasta la pista de atletismo del Parque Batlle. Mientras espera, quienes se acercan lo observan, al igual que quienes pasan caminando o en vehículos.

“Los más complicado en mi vida diaria es el tema de los traslados, ya que la silla es bastante grande para subir a los ómnibus... Y yo auto no tengo”, contó. “A veces se me complica para subir al ómnibus, pero no porque no pueda subir, es porque no me dejan subir por la silla. He tenido más de un cruce con los choferes y se complica porque no te dejan subir”, señaló.

Para ingresar al ómnibus, le hace seña al chofer y entra por la puerta de atrás. Se baja de la silla, se apoya en sus piernas y las sube con sus manos. Luego, se sienta sobre el almohadón y viaja en el piso. Cuando tiene  algún inconveniente con algún conductor, se descarga en las redes sociales, pero nunca hace la denuncia a la empresa, como le aconsejan que haga. “No me gusta meterme con el trabajo de la gente”, dijo. “Pero tampoco me gusta que se metan con mis cosas, porque a veces, por eso, llego tarde a trabajar o a entrenar, y tengo que estar hasta una hora o más esperando”.

Además de su actividad deportiva, actualmente Dutra trabaja en un call center del Hipódromo de Maroñas. Durante un tiempo, tuvo dificultades para conseguir empleo. “Trabajé un tiempo, cuando usaba las piernas ortopédicas, en una ortopedia. Después me quedé sin trabajo y estuve vendiendo franelas en un semáforo, creo que fueron unos dos años”.

"Nunca tuve un bajón"
Con un grito de “gracias” para el chofer, baja del ómnibus en el Parque Batlle. Para acceder a la pista de atletismo, el principal atleta paralímpico uruguayo debe  ingresar por el estacionamiento, debido a que no hay rampa hasta la superficie de competencia.

Cuando llega, se saluda con otros corredores “de a pie”. “Préstame la silla que tengo que ir hasta casa”, le dice uno. Él también les hace alguna broma. “Nunca tuve un momento en el que me encontrara con un estado de ánimo malo, nunca tuve ese bajón -para decirlo de alguna manera- que tiene una persona con discapacidad que perdió las piernas, porque yo nací con esto, siempre estuve acostumbrado y nunca me hice problema”, expresó.

Incluso, reconoció tener un humor muy particular. “Siempre me reí de mi condición. Nunca tuve la etapa de decaimiento ni de nada. Toda la vida me reí. Tengo un humor bastante negro y a veces la gente no sabe si reirse y quedan colorados. Acá en la pista todos se ríen y yo también, en el trabajo también. Me dicen ‘llegaste tarde porque no encontrabas los championes’. Yo me río y yo mismo hago ese tipo de bromas”.

En uno de los carriles, Dutra comienza la entrada de calor. Su entrenador le grita los tiempos y cuando da un giro, el atleta le dice cuánto hizo. Para competir en pista tuvo que aprender mucho, al igual que su profesor, quien nunca había dirigido a un atleta en silla. La técnica para impulsar las ruedas, la largada y mantener la velocidad es lo que más trabajan.

Las horas de entrenamiento, hiceron que Dutra sea el mejor atleta paralímpico uruguayo, ganador de la mayoría de las carreras callejeras y sin rival en pista, lo que lo obliga a tener que correr en el exterior para tener más exigencia.

A poco más de un año para Río, su ilusión olímpica cada vez es más fuerte. “Mi máximo sueño es ir a los Juegos. Hacer una buena actuación y tener un recibimiento como a los grandes atletas. Me lo imagino y me emociono mucho”, dice Eduardo, con los sueños al alcance de sus manos.


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