El sabor de la venganza

Racing, que venía acostumbrado a ganar en los descuentos y que venció a Danubio de esa forma en jardines, terminó tomando de su propia medicina

Leo Ramos corre con los brazos extendidos y la boca cargada de gol. Se pierde en la escena. Marcelo Tabárez se saca la camiseta y queda de cara a una tribuna que explota. El blanco y negro gana el protagonismo en el Roberto. En ese instante sublime corre por el alma de Danubio el dulce sabor de la venganza.

Se consumía el tiempo en Sayago cuando Racing, el equipo que tenía acostumbrados a todos a ganar en la última pelota, el que le dio vuelta el partido en cuatro minutos en Jardines a la franja, tomaba de su propia medicina.

Danubio, que fue al Roberto con una oncena cargada de juveniles porque priorizó la Libertadores, se llevó tres puntos laburados a lo largo de los 90 minutos.

Es que el equipo de Leo Ramos es de esos que en el ambiente se suelen tildar de bichos.

De pronto no luce tanto a los ojos de la gente pero es incómodo para cualquier rival.

Racing lo hizo sufrir. En un momento del segundo tiempo lo  empujó contra su arco y tuvo a Torgnascioli a los saltos.

Es que el elenco albiverde mostró un diseño de neto corte ofensivo. Cuatro en el fondo con dos volantes mixtos en zona central y tres con el arco de enfrente unos metros más arriba. Así las cosas. Nicolini manejaba la pelota desde la salida y por delante tenía a Gutiérrez por derecha, Acosta en el medio y Juan Pablo Rodríguez tirado a la izquierda.

Pero no fue todo. Ejerció una presión que obligó a Pozzi al error permanente, al punto tal que Ramos lo sacó. Y lentamente Racing se hizo protagonista del juego transformando al joven golero de la franja en figura. El chiquilín sacó un par de bolas complicadas.

El tema es que Danubio se las ingenió para llevar el partido a su terreno. Retrasó a Fornaroli, especialista para recibir de espaldas al arco, para recibir y descargar. Generalmente fue por izquierda, donde Aguilar sufrió en el primer tiempo porque no podía con Tabárez y las subidas de Velázquez. Para colmo Ghan metió un par de pelotas que lastimaron.

A los pocos minutos del segundo tiempo y luego de perder otra pelota ante la presión del rival, Ramos sacó a Pozzi y reforzó el medio para evitar correr riesgos. Agustín Viana brindó mayor consistencia y Danubio se plantó.

Fue llevando el partido. Metiendo los del medio y trancando con el alma. Sacando como pudieron los del fondo. Entreverando el juego y descargando al botija Gravi por derecha que complicó con una serie de desbordes.

En Racing ya no estaba Gutiérrez, al que Larrosa había absorbido, y el ingreso de Zabala dotó al local de mayor peligrosidad.

Pero Danubio fue manejando la situación. Generó mal humor en Racing. Enredó, cortó con faltas cuando fue necesario.

Y el reloj fue corriendo. Es cierto que flotó siempre en el Roberto la sensación de que el gol de Racing llegaría en cualquier momento. Como será la cosa que en un tiro de esquina, cuando faltaban poco menos de 10 minutos un hincha le dijo a otro: “nosotros estamos acostumbrados a esto, lo ganamos en la hora”.

Los minutos finales fueron a todo o nada. El nerviosismo del local por los puntos que dejaba en su casa contrastaban con la tranquilidad de la franja.

Después que Fedorczuk marcara los descuentos y que Racing se perdiera dos mano a mano de López y Zabala con Torgnascioli, Danubio se cobró la dura derrota sufrida en el Apertura.

La pelota derivó por derecha buscando la velocidad de Silvera que había desbordado un par de veces. Castró tocó corto a Marcelo Tabárez que encaró por derecha y sacó un zapatazo que no encontró buena respuesta de Contreras.

Fue cuando Ramos corrió con los brazos extendidos y la boca cargada de gol. Cuando Tabárez se sacó la camiseta y quedó de cara a una tribuna que explotó. Fue cuando el blanco y negro dominó la escena en el Roberto. Fue ese instante sublime donde Danubio sintió el dulce sabor de la venganza.


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