El repechaje visto por un jordano

Viven en el Chuy y tuvieron la chance, a miles de kilómetros de su patria natal, de ver el partido más importante en la historia de su selección

Eran la ínfima minoría en un Estadio –y un país- preso de una algarabía irrefrenable por la clasificación al Mundial casi en la mano. Pero estaban ante la situación de sus vidas: cientos de jordanos, a miles de kilómetros del país, tenían la oportunidad de ver a su selección fuera de fronteras, jugando el partido más importante de su historia futbolística.

Se fueron como llegaron: cantando. El sonido del tabla o tablá, como dicen algunos, aún me retumba en la cabeza. También las canciones con ritmo pegadizo que entonaban a coro los 15 hinchas jordanos que vinieron desde Chuy a alentar a su país ayer al estadio Centenario, ante el encuentro con Uruguay por las Eliminatorias para la Copa del Mundo que celebrará el año próximo en Brasil.

Algunos de ellos nacieron y vivieron parte de su vida en Amán, capital de Jordania, otros nacieron en Brasil, se fueron cuando chicos a estudiar y regresaron a trabajar. "Cuando la región de Medio Oriente no estaba bien algunos países abrieron sus puertas para que los habitantes se puedan ir y así llegaron nuestros familiares a Brasil", explicó Taker Said, que tiene 22 años y hace algo más de un año y medio que llegó a Chuy. "Mis padres aún viven en Amán, pero yo decidí venir a trabajar y aprender a hablar portugués y español. Mis abuelos tienen negocios, propiedades en estas tierras", contó el joven que hoy es gerente de una zapatería de la ciudad.

La mayoría de los habitantes de la ciudad uruguayo-brasilera y las personas que van con frecuencia los llaman "turcos", independientemente de dónde hayan nacido. "No entiendo por qué nos dicen así. No somos de Turquía ni hablamos turco, ¡hablamos árabe!", dijo con cierta molestia uno de ellos. "Es como que a ustedes les digan que son de Paraguay, no tiene nada que ver", agregó.  Son jordanos, querían mostrarlo, y quedó clarísimo.

La primer parada fue en el Mercado del Puerto, a comer carne uruguaya, y luego al hotel Sheraton donde estaba  alojada la delegación de Jordania. El objetivo: ver a los jugadores de cualquier manera. Si bien algunos pudieron ingresar y hablar con ellos, otros se quedaron del lado de afuera y estaban dispuestos a hacer cualquier cosa sacarse una foto o intercambiar una palabra. "Voy a pagar la diaria del hotel, de alguna manera tengo que entrar", expresó uno de los más mayores del grupo y se abalanzó contra los policías que custodiaban la puerta. No hubo forma; él y unos pocos más se tuvieron que conformar con verlos desde atrás de las vallas. Tímidos, con la cabeza agacha, los deportistas subieron al ómnibus en silencio. Solo uno de ellos se acercó a la gente, conversó y se sacó fotos.

Ya en el estadio y a medida que el partido avanzaba  los ánimos de la reducida parcialidad fueron cambiando. "El mejor jugador que tenemos es el golero, apostamos al él", decían en común acuerdo al principio cuando las expectativas no eran muchas y se creía que Uruguay haría más de un gol. Incluso se hablaba de una posible  goleada como la que ocurrió en Amán en el partido de ida. "Ojalá podamos hacer alguno", se escuchaba por ahí. Hablaban fuerte, como peleando, e incluso en más de una oportunidad se acercó la policía creyendo que había problemas.  "No pasa nada, están discutiendo por quién toca el tabla", dijo en una de esas  ocasiones uno de los hinchas en portuñol a  un oficial que no entendió nada.

En el entretiempo, entre cánticos árabes indescifrables y bailes mostraban la foto del rey de Jordania Abdullah Bin Al-Hussein y pensaban que la victoria estaba más cerca de la realidad que de la utopía. No sucedió, pero estuvo cerca. La felicidad de estar en el estadio Centenario, de haber empatado contra una selección que obtuvo el cuarto puesto en el último mundial y  la oportunidad de mostrar con orgullo sus orígenes se reflejó en el rostro de más de uno.

Un día con los hinchas de Jordania en Montevideo

Fuente: Melissa Lewis

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