El redentor

Suárez cae sistemáticamente y sistemáticamente se levanta. Suárez ataja, cae, zafa, resucita. Muerde, lo echan, vuelve más fuerte. Putea, lo suspenden, lo pisotean, se levanta y los acribilla a goles

Forlán no llora. Por eso podrá ser un crac, pero nunca un ídolo. Todas las biblias y Caperucita Roja cuentan que el héroe tiene que sufrir para merecer amor, tiene que caer para elevarse hasta el cielo. Para que aparezca un salvador se necesita un lobo con piel de cordero que secuestre la esperanza. Y cuanto más estrepitosa la caída, mayor piedad cosechará.

Suárez cae sistemáticamente y sistemáticamente se levanta. A veces, incluso, se tira, sin que nadie lo empuje. Suárez ataja, cae, zafa, resucita. Muerde, lo echan, vuelve más fuerte. Putea, lo suspenden, lo pisotean, se levanta y los acribilla a goles. Se rompe la rodilla, sana, mata. Llora, con los brazos abiertos, ante la mirada de los futboleros del mundo, como un Cristo redentor.

Los ingleses lo pecharon, pero no lo pudieron tumbar. Ayer, hasta su amigo Gerard lo cuerpeò. El capitán inglés terminó sentado sobre el césped, mirándolo desde abajo.

Ese dientudo anda suelto por Brasil. Puede ser peligroso. Dentro de la cancha se cree Dios.

Son las 3 de la madrugada y Wikipedia todavía no dice que Suárez le hizo dos goles a los ingleses y los mandó a cruzar el Atlántico.

Son las 4 de la madrugada y sigo desvelado, pensando en lo desvelado que estarán Suárez y Joe Hart, el golero inglés. Pienso, también, en los futbolistas que lloran, en el desborde emocional por el dolor o el milagro, en Palermo con los brazos abiertos bajo la lluvia, en el Chengue haciendo pucherito ante los australianos, en la rabia de Maradona en la final de Italia 90, en Schiaffino en Maracaná, el primer llorón.

Las lágrimas no ganan mundiales ni aseguran el salto hasta el altar, pero extorsionan a la razón tanto como la pelota contra la red.


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