El periodista, la vida privada y sus límites

Opinión Lincoln Maiztegui. Equivocarse es una posibilidad inherente a la tarea periodística, una de las más difíciles y comprometidas

No digo ninguna novedad: la profesión periodística es difícil y, a veces, puede resultar muy poco grata. El periodista tiene el derecho y el deber de informar, y ello, en numerosas ocasiones, perjudica o favorece a otras personas. Nadie puede discutir seriamente que el Dr. Jorge Da Silveira es uno de los comunicadores más serios, informados, ecuánimes y profesionales del deporte nacional.

Pese a ello, sus manifestaciones respecto a Jonathan Rodríguez, de quien dijo que “bebe” y que tiene problemas de conducta personal, han provocado un escándalo que hace mucho no se daba en el fútbol uruguayo. Rodríguez estaba prácticamente vendido al Benfica de Portugal por una cifra récord: 7 millones y medio de dólares, de los cuales 4 millones irían a engrosar las arcas del Club Atlético Peñarol.

El jugador, según se dijo, tenía problemas en la cadera, pero, pese a ello, el club lisboeta había seguido adelante con la tramitación de la transferencia. Sin embargo, ante las declaraciones públicas del Dr. Da Silveira, el panorama cambió de forma sustancial. Pese a que el representante del jugador, Gerardo Rabajda, y el directivo aurinegro Ricardo Rachetti viajaron a Lisboa con la intención de completar el negocio, no pudieron hacerlo, ya que el presidente del club interesado en los servicios del futbolista, Luis Felipe Vieira, les dijo que las condiciones habían cambiado. El Benfica ofreció pagar el 40% del pase y recibir en préstamo al jugador con opción de compra a dos años y medio por el restante 60%, lo que vendría a significar 2 millones de euros en efectivo. Los otros 4 millones de euros llegarán si hace uso del derecho a compra.

El presidente de Peñarol, José Pedro Damiani, en principio, rehusó esa oferta, aunque las conversaciones continuaron y luego el club no tuvo otra opción que aceptar a regañadientes esa contrapropuesta. Las repercusiones en Uruguay fueron múltiples: pese a que el Dr. Da Silveira dio a conocer una carta en la que pedía perdón por sus declaraciones y, de alguna forma, se desmentía a sí mismo, y a que la AUF expresó que Rodríguez “ha sido integrado al proceso de selecciones, en el mismo se ha desempeñado no sóolo en excelente forma en el campo de juego, sino con corrección y profesionalismo fuera”, la Mutual Uruguaya de Jugadores Profesionales declaró al periodista “persona no grata” y pidió a sus afiliados que no le concedieran entrevistas. La carrera del Dr. Da Silveira, que comenzó hace muchos, muchísimos años, como comentarista del legendario Carlos Solé (1916-1975), se muestra actualmente tambaleante por lo que el propio interesado ha reconocido como una indiscreción. Se haya hecho o no el pase y en qué condiciones, el lector es probable que a estas horas ya lo sepa. Pero el tema va mucho más lejos. Tiene relación directa con el derecho de todo periodista a ingresar en aspectos que tienen relación con la conducta privada de las demás personas. Yo, y al cabo de muchos años de ejercicio de esta profesión, creo que el tema es delicado, pero que si se relaciona de forma directa con determinada realidad, sí tiene ese derecho. Y si esa realidad tiene que ver con la actuación pública del objeto de la crítica (como es evidentemente el caso), el tema no puede ponerse en duda. Un amigo me ponía el siguiente ejemplo: supongamos que un periodista se entera de que un candidato a la presidencia de Estados Unidos es drogadicto. ¿Debe callarse esa información, estrictamente privada, cuando el individuo puede desatar una guerra atómica? Tal vez el ejemplo es exagerado; pero creo que viene al caso, porque el hecho de que Jonathan Rodríguez beba o no, incidirá de manera directa en su rendimiento deportivo; y de eso precisamente se trata. Vayan, desde estas páginas, mis expresiones de solidaridad con el Dr. Jorge Da Silveira, se haya equivocado o no en este punto concreto. Equivocarse es una posibilidad inherente a la tarea periodística –y termino la nota como la comencé– una de las más difíciles y comprometidas de este mundo.




Fuente: Lincoln R. Maiztegui Casas/linmaica@hotmail.com

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