El otro Nacho González

Juan Ignacio, el sucesor de un sobrenombre cargado de gloria en Danubio, llegó con 15 años a Maroñas, se fue a vivir a una casa donde aprendió a cocinar pan, no tiene auto y la pelea por llevar nombre propio

Y  un buen día Nachito desembarcó en Montevideo. Los ojos claros bien grandotes para tratar de entender un tránsito que lo abrumaba. Apenas un bolsito para estar tres o cuatro días en las luces de la ciudad. Y los primeros sueños que comenzaron a transcurrir en una casa en pleno Boulevard.

En sus primeras horas en la capital encontró un paisano de cada pueblo. En la casa estaban alojados una cantidad de muchachos del interior que llegaban compartiendo la misma ilusión.

Nachito pasó de la comida de la madre a las especialidades que preparaba la brasileña Lucía que, además de cocinar, les cambiaba las sábanas y por las tardes les enseñaba a cocinar pan.

A poco de quedar en Danubio las comparaciones comenzaron a tomar forma. Pero fue apenas el nombre. Aquel Nacho González que había pasado por Danubio tenía pocos puntos en común. Dormía en su casa, lo pasaba a buscar su padre para llevarlo a entrenar y no tenía que cocinarse el pan. El otro Nacho González se tuvo que hacer camino al andar.

Juan Ignacio González (19 años), volante de Danubio y con el mismo sobrenombre que su antecesor que hoy está en Nacional, nació al mundo futbolístico hace pocos meses pero lleva tiempo peleándola para dejar de ser el otro y ser conocido por nombre propio.

“Después de la final del campeonato Sub 15 de OFI que ganamos con Paysandú me fueron a buscar a mi casa y me trajeron a las inferiores de Danubio. Llegué solo porque en principio venía por tres o cuatro días a prueba pero me fui quedando días y días y al final fueron dos meses (risas). Me acuerdo que no tenía ropa que ponerme porque había traído para unos pocos días. Es que cuando salí de Paysandú dije, voy y vengo, pero la tuve que remar con esa ropa una semanita. Después pude volver para traerme las cosas”, comenzó narrando Ignacio “Nacho” González a El Observador en el Complejo de Danubio.

Nachito recuerda cada paso de su corta carrera. “Me alojaron  en una casa que tiene Bentancur (contratista) y ahí viví casi tres años. En la casa había una señora que se llamaba Lucia, que era brasileña, y nos cocinaba todos los días. Nos lavaba la ropa, todas las semanas nos cambiaba el juego de sábanas. Nosotros ayudábamos con las labores de la casa, limpiábamos, hacíamos jugo y el pan, y así convivimos”.
Claro que no fue sencillo resistir en la capital.

“Fue un cambio muy grande en todos los aspectos. Al inicio fue muy bravo, la familia se extraña muchísimo, es muy difícil adaptarse. Me costaba todo, uno estaba acostumbrado a estar en Paysandú, que no es un pueblo, pero es una ciudad tranquila, no anda tanta gente por la calle, y por ejemplo en los ómnibus no es como acá, que andan llenos. Pasé de estar en Paysandú sin hacer nada a tener que cumplir otras tareas. Porque es así, estás allá con tu madre y estás acostumbrado a que te hagan todo. Tuve que venir, despertarme a las siete, hacer la cama dormido, llegar de tarde cansado y tener que hacer jugo o pan. Fue un cambio muy grande”.

En más de una oportunidad se le pasó por la cabeza pegar la vuelta. “Muchas veces decía que dejaba el fútbol, que extrañaba a mi familia, pero hablaba con mi padre y él me decía que no aflojara, que tenía que seguir. Al principio iba a entrenar con Fabrizio Formeliano pero cuando lo subieron al primero tuve que empezar a ir solo y me tuve que aprender el camino”.

Los primeros pasos de González en las juveniles de Danubio fueron como un cinco clásico. “En ese momento jugaba de volante central, allá afuera jugaba mucho por afuera, de punta, pero cuando vine acá el primer técnico que tuve, que fue Gerardo Rodríguez, me empezó a poner de cinco, de doble cinco. Con el tiempo me fui adaptando más a una posición de ataque”.

A medida que fue ganando su lugar, lo fueron aconsejando. Su baja estatura empezaba a transformarse en un problema. “Me dijeron que por la altura tenía que por lo menos ser fuerte y ahí tuve que empezar a hacer gimnasio, nunca tomé vitaminas, solo comía bien y le metía mucho gimnasio”.

Pero Nachito empezó a deslumbrar con una calidad impresionante. Con la pelota en los pies es un demonio.

Ignacio González, el otro Nacho, revela: “No tengo auto, ahora vengo a entrenar con Ichazo o Formeliano. Tengo ganas de comprar un autito pero no tengo libreta y para manejar ando más o menos (risas). Ahora vivo con dos compañeros de Tercera, uno de San José y otro de Rocha. Me fui de la casa este año y me las arreglo por la mías. Ahora que me tengo que hacer todo, entiendo por qué mamá se enojaba”.

Atrás quedó un intenso entrenamiento físico y el fútbol tenis jugado a pleno porque se puso en juego la comida. Y ahí aparecieron las bromas a Líber Quiñones a quién le decían que apostaba por una hamburguesa.
La vida de Nacho lentamente comienza a cambiar como se modificó la del Canario Nelson Cabrera (campeón Uruguayo de 1988 con un histórico equipo de Danubio) que, a lo lejos y mientras Nachito tomaba contacto con las primeras luces de la fama, cortaba el pasto en una de las canchas del Complejo.


Fuente: Jorge Señorans

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