El mejor clásico

En una movida de integración, Nacional y Peñarol se enfrentaron el sábado pasado en Maldonado en un deporte para personas ciegas y de baja visión

Los equipos de Nacional y Peñarol salen a la cancha. A su izquierda, las dos copas y las medallas descansan en una mesa, esperando el momento de ser entregadas. “Junta Departamental de Maldonado” se lee en las placas de los trofeos. Los deportistas, ayudados por sus bastones, suben las escaleras del gimnasio del Centro Deportivo Municipal Carolino (Cedemcar), en San Carlos. Aún no tienen las gafas puestas, pero se las van a colocar en breve. Está todo pronto para que se dispute la Copa Desafío de Torball, un deporte para personas ciegas y de baja visión en el que se enfrentan tres jugadores por equipo.

El objetivo de este deporte es anotar la mayor cantidad de goles posibles en dos tiempos de 10 minutos cada uno. El terreno de juego mide 16 metros de largo por siete de ancho y se juega con una pelota sonora que debe ser arrojada por debajo de tres cuerdas que se encuentran a lo largo de la cancha. Los arcos miden lo mismo que el ancho de la cancha y tienen 1,30 metros de altura. Los equipos tiran alternadamente y los jugadores pueden lanzar hasta dos veces consecutivas. Las cuerdas tienen cascabeles; tocarlas con la pelota es una falta. El castigo es que el lanzador debe salir durante un tiro rival de la cancha, dejando a cargo de defender el arco a sus dos compañeros. Las gafas son para que tanto los jugadores con baja visión como los ciegos puedan competir en igualdad de condiciones.

Las dos profesoras a cargo de coordinar las acciones son Valeria Acosta (38) y Serrana Hernández (42). Ambas tienen larga experiencia en el área de discapacidad: Valeria lo hace desde 2002 y Serrana comenzó hace más de 20 años, cuando aún era estudiante de Educación Física. Hace tres años que trabajan para Campus de Maldonado.

Serrana es de Minas, de donde viene la mitad de los jugadores que participaron en la Copa Desafío. La otra mitad son de Maldonado. Cuenta que, pese a trabajar para Campus, la idea de su trabajo es integrar a las personas del interior. “El 15 de setiembre vienen de Canelones, Maldonado, Lavalleja y Rocha para disputar la copa San Fernando”, cuenta. Esa será la primera etapa de un torneo que se desarrollará entre setiembre y diciembre. “Es un torneo que tiene cuatro sedes, una por departamento. Así se los estimula a que viajen, así como la parte social”, comenta.

Otra de las intenciones es la de integrar a jóvenes de baja visión. Son chicos que ven poco o cuya vista comienza a deteriorarse. “Y quieren empezar a experimentar antes de perder la visión”, explica Valeria.

El partido
Tras la presentación de los equipos y las fotos de rigor, los jugadores ingresan al terreno de juego. “¡Julito, qué hacés con esa camiseta! No te preocupes, yo los dirijo igual”, bromea Valeria con Julio, uno de los jugadores de Peñarol. Tras un breve calentamiento, los protagonistas se colocan las gafas y comienza el partido.

Julio tira y toca la cuerda, por lo que debe salir del campo de juego. Jorge, que tiene en la oreja una caravana con la forma del escudo de Nacional, no perdona y pone el 5-3. El partido es dinámico: la pelota va y viene varias veces por minuto. En el entretiempo aparece un visitante ilustre: Jorge “Chispa” Delgado,  un exNacional.

El partido termina con victoria para Nacional por 13-12, pero es lo de menos.

Llega el momento de entregar las copas y las medallas –iguales para vencidos y vencedores– y entra en escena otro invitado de lujo: Gabriel Cedrés, un exPeñarol. “Yo llegué tarde, a mí me dijeron que salió 12-12”, exclama, generando las risas de todo el gimnasio.

Tras la premiación, varios de los chicos que estaban en la tribuna se vendan y se meten a la cancha a jugar. El propio Cedrés, invitado por las profesoras, juega un ratito. “Está bueno”, dice tras sacarse la venda.

“Es un deporte para que vivencie mucha gente, también la sensación de lo que es estar con los ojos vendados, de lo que vive un no vidente”, dice Serrana.

El instituto
En las tribunas hay cerca de 40 personas, muchas de las cuales trajeron un alimento no perecedero para colaborar con la escuela especial Nº 80 de San Carlos. Algunos de ellos tienen discapacidades o deficiencias visuales y llevan puestas remeras que dicen “IRVI. Instituto de Rehabilitación Visual”.

IRVI nació en 2010 como una reunión de amigos con deficiencia visual, cuenta William Torena, uno de los integrantes de la comisión de apoyo y uno de los jugadores que defenderá los colores de Peñarol. “Nació también como una forma de descentralizar todo de Montevideo, porque uno dice ciegos y dicen: ‘andá a Montevideo’. La idea es que abarque toda la región este del país”, asegura.

El grupo logró un avance importantísimo: consiguió que la Intendencia de Maldonado les adjudicara un terreno de 1.500 metros cuadrados junto al hospital Elbio Rivero y una partida de dinero para comenzar a construir uno de los centros más modernos del país, destinado a atender las necesidades de las personas con deficiencia visual.

El torball fue una excelente excusa para revelar esta realidad.


Fuente: Mauro Acerenza y Juan Pablo De Marco

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