El mayor fiasco de la historia

Por todo lo que conquistó, por su historia y por el deporte que practicó, el caso de Lance Armstrong se transformó en el mayor escándalo mundial del deporte

Los Juegos Olímpicos de Roma 1960 marcaron un punto de inflexión en el mundo del deporte. Mientras las naciones europeas, recuperadas de las secuelas de la segunda guerra mundial, comenzaban a demostrar su potencial, un ciclista danés llamado Knud Jensen se desplomaba en la prueba de contrarreloj por equipos.

Sus compañeros lo reanimaron con agua. El calor era agobiante sobre el asfalto. Cuando se reincorporó y volvió a largar, cayó nuevamente y se rompió la cabeza. Horas después murió.

Un año después se supo que en su cuerpo había varias sustancias, entre ellas anfetaminas.

Para Tokio 1964 se implementaron por primera vez en la historia los controles antidopaje. Exclusivamente para el ciclismo.

Años después, un estadounidense sobreviviente de cáncer llamado Lance Armstrong, escribía en ese mismo deporte una de las mayores hazañas deportivas de todos los tiempos: ganar siete veces seguidas el Tour de Francia, entre 1999 y 2005.

La prueba mítica. La más dura: 20 etapas para recorrer más de 3.000 kilómetros, con abominables ascensos por los Alpes y los Pirineos, a un promedio de 40 kilómetros por hora.

La sombra del dopaje
Armstrong fue referencia, héroe, ídolo y modelo. Pero al mismo tiempo la tenaz sombra de la sospecha comenzó a seguirlo sigilosamente. El dopaje como explicación de la épica.

Los diarios franceses Le Monde y L’Equipe, el británico Sunday Times y varios –aunque aislados– testimonios de su entorno le dieron forma a aquellas sospechas.

Pero la dirección del Tour de France, la Unión Ciclista Internacional, la Agencia Mundial Antidopaje y la propia justicia de Estados Unidos fueron incapaces de descubrir su trampa.

Fue la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (Usada, por sus siglas en inglés) quien lo hizo caer en agosto del año pasado presentando un informe de más 1.000 páginas con testimonios irrefutables acerca de su culpabilidad.

La confesión tan temida
Pero recién en la madrugada uruguaya del pasado viernes, el ciclista se decidió a confesarlo todo, en una entrevista grabada el lunes en su casa de Austin, Texas, con la presentadora estadounidense Oprah Winfrey.

En la primera parte de la misma, Armstrong contestó calmo y hasta entre sonrisas su mentira.

Dijo que consumió cortisona, EPO, hormonas de crecimiento, testosterona y que se practicó transfusiones de sangre.

Afirmó, sin dudarlo, que es físicamente imposible ganar siete Tours consecutivos sin doparse.

En la segunda parte de la entrevista dejó entrever una veta más humana, cuando se le consultó el impacto que tuvo que sufrir su familia.  “Vi a mi hijo defendiéndome y diciendo: ‘Eso no es cierto. Lo que estás diciendo de mi papá no es cierto’. Fue entonces que supe que tenía que decirle la verdad”, expresó quebrado.

“Pienso que lo hice todo por la carrera, por perderme en eso, y hacer todas las cosas que lo permitieron. El peor crimen es la traición a todas esas personas que me apoyaron y que creyeron en mí. Les mentí”, declaró. “Hacer trampas para ganar carreras, mentir acerca de ello, intimidar a gente. Por supuesto que uno no debe hacer esas cosas. Es lo que le enseñamos a nuestros niños”, agregó.

Armstrong fue especialista en el método intimidatorio. Contra periodistas y ciclistas. Ganando carreras, se convirtió en un hombre multimillonario. Muy poderosos. Compró silencios, como el de un exasistente, Mike Anderson, quien dijo encontrar en su mansión de Gerona (España) esteroides.

“Armstrong es el producto de un sistema, el del dinero, el de ganar a cualquier precio y el de la rentabilidad de las inversiones”, dijo en agosto del año pasado Michel Rieu, consejero científico de la Agencia Francesa Antidopaje.

Rieu contó que Armstrong siempre lograba un plazo de 20 minutos antes de acceder a los controles antidopaje sorpresa y que contaba con cómplices en la organización que se los avisaban.

En ese tiempo se “realizaba perfusiones de suero fisiológico para diluir su sangre. Sustituía su propia orina por una orina artificial. Se administraba EPO en pequeñas dosis. La sustancia era indetectable”, según Rieu.

A devolverla
Armstrong confesó que perdió US$ 75 millones en agosto del año pasado, cuando  la Usada lo despojó de todos sus títulos logrados a partir de 1998 suspendiéndolo de por vida. Los auspiciantes remontaron vuelo.

El diario inglés Sunday Times informó en diciembre que le reclamará € 1.200.000 por el juicio de US$ 500 mil que le ganó por difamación –respecto a informaciones sobre su dopaje– en 1996.

En el Tour de France ganó más de € 12 millones.

Por cada conferencia cobraba más de US$ 200 mil.

Al US Postal Service, que patrocinó su campaña entre 1998 y 2004, deberá reponerle US$ 30,6 millones. 

Debe devolverlo todo. Pero jamás reparará todo el daño causado al deporte.



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