El Maracaná de Plaza Colonia

Un grupo formado a pura humildad derrotó a Peñarol en su estadio y se consagró campeón
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El éxodo se inicia más rápido de lo previsto. La gente se va mordiendo bronca. Poco duró el orgullo del Campeón del Siglo. Y ante la incredulidad, allá va un grupo de muchachos desconocidos a dar una vuelta olímpica con la copa que "le robaron" en su propia casa a Peñarol. Bajo la lluvia, empujados por su gente, los jugadores de Plaza Colonia circulan alrededor del estadio aurinegro haciendo historia.

Para tener real dimensión de lo que significa esto para Plaza hay que saber que en este club del interior todo es a pulmón y sacrificio.

Algunos jugadores van a entrenar en bicicleta, otros trabajan porque no pueden vivir solo del fútbol. Su presupuesto es el más bajo del fútbol uruguayo. En Plaza no hay estrellas. Antes de empezar a los jugadores se les habló claro, no se aceptan contratistas. Los propios futbolistas son los dueños de su destino.

Antes del inicio de la temporada, para recaudar fondos, se realizó una "pollada". ¿En que consistió? En cocinar 400 pollos y que todos los juveniles salieran a vender para obtener fondos.

Frente al proyecto deportivo se puso a Eduardo Espinel. Un técnico nuevo y joven. Se respaldó en un viejo compañero como Diego Lugano. El excapitán de la selección fue a Colonia, estuvo con el plantel, habló con los que no entendían del profesionalismo.

Espinel metió a los jugadores en su barco. "Acá todos tenemos hambre, yo también", les dijo. Y los jugadores se embanderaron con su entrenador. Un trabajador que recorre cientos de kilómetros para ir a cada entrenamiento.

Todo el año fue un desafío. Primero salvarse del descenso. Luego la campaña en el Clausura. Luchar contra la pregunta, ¿cuándo se cae Plaza? Y el partido final con una duda: ¿cuánto pesará el miedo escénico a los jugadores de Plaza?

Lo dejaron claro desde los primeros minutos: absolutamente nada. Plaza jugó con una personalidad asombrosa. En los primeros segundos Peñarol intentó amilanarlo. Y el patablanca respondió.

Apenas salió del asedio Villodo metió una pelota profunda. Furia fue a espaldas de Valdez. Aguirregaray no estaba y Guruceaga quedó a mitad de camino. Furia tocó atrás para Milesi que puso el 1 a 0. Sorpresa. Un balde de hielo.

Peñarol entró en la locura habitual que demostró a lo largo de la temporada. Cada vez que le hacen un gol el equipo es un descontrol. Y se volvió a reiterar. Sus líneas quedaron separadas. Se generó una estancia entre el medio y los defensas y Plaza, jugando con aplomo, lo aprovechó. Tocó y llegó. Como lo hizo Rivero a los 17' obligando a Guruceaga.

Peñarol fue por el empate en base a impulsos individuales. Alguna trepada de Aguirregaray, que fue pero resolvió pocas veces bien, alguna apilada de Maxi Rodríguez y la siempre latente posibilidad del remate de Forlán.

El gol llegó de rebote y con polémica. Milesi pretendió salir del fondo, Nandez lo presionó y robó. La pelota derivó a Aguiar que remató, rebotó en un rival y le quedó a Murillo que decretó el empate. Cuando Aguiar remató, el colombiano estaba adelantado.

El empate selló el primer tiempo. Para el complemento los equipo no realizaron variantes. El juez empezó a ser mirado con lupa. Se comió una clara falta de Valdez contra Dibble al borde del área.

Y Peñarol empezó a empujar. Tonificado por su gente. Arremetiendo contra el arco. Con centros que molestaron. Sobre los 25' un cabezazo de Ifrán pasó cerca. Dos minutos después Hernán Novick generó una contra, cedió a Forlán y el remate de Diego lo sacó Dawson. A esa altura, media hora del segundo tiempo, no había tácticas, era cara o cruz.

El humilde Plaza defendió con uñas y dientes con dos centrales que sacaron todo de arriba y De Ávila dando una mano. Y esperó pacientemente su oportunidad. Sabía que la iba a pasar mal. Pero no se dejó avasallar. Aguantó.

Y sobre los 32' llegó el contragolpe perfecto. Redín fue por derecha, Aguirregaray otra vez no estaba y Hernán Novick que andaba intentando cerrar, cometió penal.

Villoldo no perdonó. Le pegó con el alma. Esa pelota cargaba con el trabajo de un grupo de muchachos humildes, de una directiva sacrificada, de un técnico con hambre. Esa pelota llevaba la ilusión de un pueblo que vivió su Maracaná.




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