El Loco que en tres meses será abuelo

Cuando era niño, Jorge Contrersa ayudaba a sus padres vendiendo leche en un carrito a caballos; estuvo con un narco colombiano, se volvió enseguida y las pasó mal cuando en Racing no le dieron dinero para pasar las fiestas

Es el más veterano de los futbolistas que actúan en el Campeonato Uruguayo; el sábado pasado cumplió 42 años. Y también es el más loco de todos los futbolistas, porque posee ese deseo irrefrenable de inculcarle a los jóvenes de hoy lo que él no hizo: estudiar.

“A mí me dejaba mi viejo en la puerta de la escuela. Entraba por una puerta y salía por otra. Me encantaba ir a entrenar en la Octava de Cerro y cuando mi padre se enteraba, ¡me daba cada paliza!”. El Loco allí jugaba de puntero y de volante por derecha.

Pero un día en Cuarta faltó el arquero y allí se quedó para siempre. “Cuando jugábamos en inferiores contra Peñarol y Nacional, parecíamos desnutridos. Como que nos asustaban porque eran enormes. Recuerdo que en Quinta le ganamos a Peñarol con Paolo Montero 2-0. Bajaron del ómnibus todos equipados, parecían Manchester United, pero les ganamos y Paolo cacareaba recaliente. Pero ya veías que era todo un caudillo”, recordó a El Observador.

El Loco tenía el pelo largo por entonces. “Je, se usaba así, era la moda. Andaba siempre con el peine”. En 1994 se le empezó a caer, y desde entonces se rapa. “Lo hago como costumbre siempre el día antes del partido en la concentración”.

Con Cerro tiene una relación especial. Es que nació en el barrio y comenzó a jugar en ese club. Su padre, quien fue canchero, equipier y hoy mantiene las canchas del complejo, lo llevaba cuando tenía 10 años y así comenzó.

En la Séptima entrenaban en  una canchita llena de espinas. “No tenía recursos como los demás y un día empecé a jugar descalzo. Me pinchaba todo y me empezaron a decir: ‘Estás loco, usá algo en los pies’. Pagué derecho de piso en el arco. ¡Me hicieron cada goles! Un día perdíamos 6-0 con River en el Saroldi y me habían hecho un gol por los caños. Me insultaron de afuera y se armó una batalla campal. No me saqué más el apodo de Loco”.

En 1993 lo llevaron a América de Cali, “pero atajaban Mondragón y Córdoba. No me conocía nadie y tenía cero chance. Entonces me fui a Tuluá que estaba en la B”.

Era el club en donde había crecido el Tino Asprilla quien entonces la rompía en Parma de Italia.

“Llevaba una vida compleja. Un día me dijeron que estaba en la tribuna y no lo podía creer. Pero tomaba alcohol, manejaba una 4x4 y se subía a la vereda”, recordó. “Era triste verlo”.

Un intermediario quería que se enrolara en un equipo de la C de ese país. “Yo no había arreglado. El dueño era un narco y me llevó en su 4x4 para jugar un partido de práctica. En la carretera nos pararon los milicos con ametralladoras. El tipo bajó, le dio un fajo de billetes, y seguimos. Y eso pasó varias veces antes de llegar adonde jugaríamos. Con todo ese panorama, no aguanté más. Además, salía de noche al balcón y lloraba porque extrañaba a mi hija. Entonces me volví a Uruguay”.

Se volvió porque Juan Jacinto Rodríguez lo llevó a Uruguay Montevideo en la B y lo dirigió Alejandro Garay. Le fue muy bien, pero en 1996, un viernes estaban prontos para jugar al otro día con Cerrito y el club no pudo pagar en la AUF las deudas. “Nos quedamos sin laburo. Es penoso para un jugador. Me llamó al tiempo un técnico que había tenido en Cerro y me fui a jugar a San Bautista de Canelones. Pero no me alcanzaba para vivir. Me levantaba a las 5 de la mañana y empecé a trabajar en la construcción. Iba en bicicleta y laburé seis meses”.

“Hasta hoy me pasa con mi señora, la estamos peleando económicamente para pagar cuentas. Ella hasta hace poco trabajaba limpiando casas, y en cualquier momento va a volver. La plata no hace la felicidad, pero ayuda. Lamentablemente, por ese tema estuve cerca de separarme. En 2011, el presidente de Racing nos dejó con tres meses adentro, sin pagarnos y pasamos las fiestas de fin de año sin un peso. Antes de Reyes me dieron algo y le pude comprar algo a mis hijos”.

Pero el fútbol también le dio alegrías. “Cuando laburaba en la construcción, algunos pesitos los cambiaba a dólares. Y soy un agradecido al fútbol porque me pude comprar mi casa. También le hice el cumpleaños de 15 a mi hija. Cuando la vi entrar, se me caían las lágrimas”, comentó.

Esa hija hoy tiene 22 años y le va a dar un nieto. “Está embarazada de seis meses y será varón. ¿El nombre? No lo sé”, contesta. Pero su esposa lo ayuda: “¡Ah! Se va a llamar Julián”.

El profesionalismo de Contreras es notable. “Pude llegar así a esta edad porque siempre me cuidé”, dice. Y agrega:  “Yo voy a la cancha y dejo la vida, nadie sabe mis problemas porque los dejo de lado”.

Es que el Loco tiene otro hijo, Gonzalo de 5 años y cuenta con  líquido encefálico. “Un día estaba entrenando y mi señora me llamó llorando, que fuera al hospital porque lo iban a operar. Yo no entendía nada. Llegué y mi hijo estaba jugando con una pelota y el médico lo vio y me dijo que no tenían que operarlo. Desde allí, lo ven como cuatro médicos por semana. Entre las secuelas que le pueden quedar están el problema de aprendizaje y la agresividad. Tuvo que usar férula y no ve de un ojito. Pero juega al fútbol y es feliz”, aclara.

El sábado pasado “no pude festejar mi cumpleaños porque estaba concentrado. Llevé un postre a la cena en el hotel. Después de ganarle a Cerro, vinieron mis amigos a casa y allí pusimos plena a todo volumen y salió candombe también”.

En el Barrio Las Torres, lo invitaron a dar una charla a los niños de baby fútbol y regalaron útiles con Olveira, Vespa, el Pato Castro y Walter López, entre otros. “No abandonen los estudios”, recalcó.

“Si hay algo que me calienta es cuando me preguntan cúando voy a dejar el fútbol. Un día pasará”, dijo sin que se lo preguntaran. Así es el Loco Contreras.


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