El horror en el mundo del deporte

Jesús Manzano, un exciclista español, reveló en el juicio por la Operación Puerto cómo se dopaban los corredores, incluso con drogas para ovejas o perros, y dio lujos de detalles sobre las transfusiones de sangre

El exciclista Jesús Manzano agregó un nuevo testimonio de horror al juicio que se lleva a cabo en España por la Operación Puerto, que en 2006 descubrió una intrincada trama de dopaje en el ciclismo europeo.

Manzano contó con lujo de detalles cómo se dopaban sistemáticamente todos los ciclistas del equipo Kelme, en el que militó entre los años 2000 y 2003, bajo las órdenes del médico Eufemiano Fuentes y de su hermana Yolanda.

En 2004, el exciclista se convirtió en el primero en denunciar las prácticas de dopaje en el ciclismo español.

Fuentes fue el cabecilla de un profesionalizado cuerpo técnico que suministraba sustancias dopantes a los deportistas para mejorar su rendimiento deportivo.

El relato de Manzano resulta escalofriante y también implica al exdirector técnico Vicente Belda y al preparador físico José Ignacio Labarta.

El modus operandi
Manzano contó que cuando a un corredor se le realizaba alguna extracción de sangre –les sacaban un litro, en dos bolsas de 500 mililitros–, Labarta le programaba entrenamientos suaves para los días posteriores, de 60 u 80 kilómetros, a un ritmo lento y sin pasar de un determinado número de pulsaciones.

Mientras tanto, Belda era el encargado de remitir a los ciclistas a Fuentes, al que se refería como “el canario”, y en ocasiones el que durante las carreras les daba medicamentos, como unas pastillas a las que llamaban “cuadriculadas” y que tenían por objeto eliminar por el sudor y la orina la albúmina y el suero con los que habían disimulado el hematocrito alto.

El hematocrito o nivel de viscosidad de la sangre –cuanto más alto, mejor rendimiento físico– se subía mediante inyecciones de EPO, un medicamento que se administraba por vía intravenosa o subcutánea en tratamientos que duraban un mes y después de los que había que parar 12 días para eliminar los restos.

Era al término del proceso cuando se extraía la sangre, que se guardaba para posteriores transfusiones.

A veces, el EPO se administraba durante las carreras, por lo que Fuentes proporcionaba a los ciclistas unos “polvos blancos” que eliminaban las proteínas de la orina e impedían detectar esta sustancia en los controles de la Unión Ciclista Internacional (UCI).

La UCI también vigilaba el nivel de hematocrito, por lo que los responsables del equipo hacían que primero pasaran los controles de este organismo los corredores que no tenían problemas con él.

“Los de hematocrito bajo bajaban antes al control, mientras a los demás nos inyectaban albúmina humana y suero (que aumentan la fluidez de la sangre). Si nos pinchaban en el brazo izquierdo, para el control ponías el derecho”, explicó.

El testigo aseguró  que todos sus compañeros de Kelme se sometían a estas prácticas, salvo uno, que tenía problemas en las venas de las piernas.

También dijo que era el equipo el que se hacía cargo de los costos de los tratamientos.

Cualquier droga servía
Además de EPO, los cocktails que les preparaban incluían HMG –una hormona femenina, por lo que Fuentes extendía recetas a nombre de su hermana Yolanda– y medicamentos de origen bovino como Actovegin o canino como Oxiglobin, entre otros.

“Había cachondeo (bromas) con esto. Belda decía: ‘Unos días van ladrando y otros mugiendo’”, contó Manzano.

En el Tour de France 2003, el ciclista sufrió un quebranto de salud y tuvo que ser conducido a un hospital: “Me dijeron que no contase lo que me habían puesto y no me dejara hacer analíticas, porque podíamos ir a la cárcel”, reveló.

“Si te negabas a ingerir los productos, eras baja inmediata”, manifestó el testigo, que agregó que a raíz de éste y otros problemas los corredores celebraron una reunión.

¿Reclamaron detener el dopaje? Para nada. Pidieron “más control y medicamentos en mejor estado”.

El riesgo de las transfusiones
Al regreso del Tour de 2003, Manzano sufrió en Valencia otra descompensación y una severa reacción alérgica: “Intenté ir a un hospital, pero no me dejaron”.

“La bolsa (de sangre) había ido al Tour y volvió”. Su director técnico le ordenó ir a la clínica del médico Walter Viru para hacerse una autotransfusión.

“Me la empezó a poner con una vía, pero tras 150 o 170 mililitros me empiezo a encontrar mal. Me quitan la bolsa, pero sigo con tiritera y frío. Me echan mantas y me ponen Urbason. Mejoro un poco, cojo un taxi y me monto en el tren”.

Ya en la estación, el exciclista volvió a sentirse mal, hasta el punto de que su mujer, que lo acompañaba, pidió ropa a otros pasajeros porque tenía frío en pleno mes de agosto.

Se tuvo que bajar. “Volvimos a la clínica y me dan más Urbason y suero. Pasé la noche en un hostal cerca de la clínica, a base de Urbason y suero”.

Manzano se había sometido a otra autotransfusión unos meses antes, realizada en esta ocasión por Fuentes y su hermana en  Oviedo.

“Llegan con la bolsa (de sangre), con las siglas JMR, cogen una cacerola y agua caliente, meten un termómetro, te pinchan, estás tapado con una toalla, la sangre va entrando... De vez en cuando pasa uno de los médicos, Eufemiano o Yolanda”, explicó.

“Al entrar la sangre sentías presión en la cabeza y como hinchazón”. Cada autotransfusión duraba entre 30 y 45 minutos. Le ponían 500 mililitros.

Así está el mundo del ciclismo profesional. La verdad comienza a ver la luz.


Fuente: El Observador

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