El Gatti de Wanderers

El Loco Miguel Ortiz cantó en la tv, desafió los insultos al usar vincha y bermudas, iba a entrenar a caballo y terminó vendiendo trozos de pelo

El Loco era un excéntrico. Se aparecía a entrenar montado arriba de un caballo. Nosotros nos mirábamos y no lo podíamos creer. Tenía cosas inusuales. Le gustaba salir gambeteando rivales y vivíamos con el corazón en la boca. Pero era auténtico”. Aníbal “Maño” Ruiz nos introduce en el particular mundo de su ex compañero.

Pocos deben recordar que hubo un tiempo donde por las canchas montevideanas se paseó un loco que rompió los códigos impuestos. Se dice que el golero debe utilizar buzos de color oscuro. Este usaba multicolores. Pero la novedad para la época, hablamos de los años 70, eran el pelo largo, la vincha y las bermudas.

El argentino Miguel Ángel Ortiz. El Loco. Un trangresor. Para unos el imitador de Gatti, para muchos que lo vieron, un adelantado. Pero acaso lo que queda son las palabras con que más lo recuerdan: excelente compañero y gran golero. La historia de Ortiz es sumamente particular. Desde tiempos inmemoriables se hizo bohemio. Jamás madrugaba. No despertaba nunca antes del mediodía. “Para que comprendan cuáles son mis deseos le voy a contar una pequeña historia. Cuando mis padres se separaron todos mis hermanos se fueron con mi madre. Yo quería a los dos igual, pero pensé… si me voy con la vieja tengo que laburar. Y como el laburo nunca me gustó, me fui con el viejo. Yo cuidaba la casa y papá salía a trabajar. Por entonces jugaba en el club de barrio que me pagaba 600 pesos por partido. Con eso y lo que me arrimaba el viejo los fines de semana iba tirando. Yo era atorrando de día y de noche. Así siempre; con poco dinero y las mismas pilchas. Hasta que decidí venirme a Montevideo en 1967. Ahora cuando voy a Buenos
Aires me hacen reportajes en la televisión. Lo que es la popularidad y la buena ropa. Hasta los que siempre me miraron de reojo me dicen: “¡Cómo andás Miguelito!.”, contó Ortiz en una nota en la revista Deportes del 14 de marzo de 1972.
Ortiz nació en la provincia de Santa Fé en 1951. De niño siempre se la rebuscó para entreverarse en algún picado aunque en sus comienzos se desempeñaba como delantero, el arco fue su destino.

En 1969 debutó como profesional en Central Argentino pero antes llegó a Uruguay con la selección de Aficionados. “En ese partido se armó un lío fenomenal”, empezó a contar Ortiz a la revista Deportes. “Se pelearon todos contra todos, pero como la pelea era del otro lado yo no iba a ir hasta el otro arco. De repente vi que se me venía un gordo que jugaba con los de acá. Me dije con éste me la ligo. Pero no, el gordito se puso a conversar conmigo. Me dijo que querían hacerme una nota. Después del partido me llamó el presidente de Liverpool, el Sr. Bagalciague y fui a la sede. Me dijeron si quería venir a probarme. Estuve 20 días. Vivía en el hotel Agraciada”. Ondino Viera, un técnico conservador, lo recibió en Liverpool. ¡Se podrán imaginar la cara de don Ondino cuando lo vio llegar!

Pero como extrañaba se volvió a Argentina. El tema es que allá tenía que trabajar y no le gustaba. Tiempo después, con una colecta le compraron pasajes y volvió a Uruguay. Pero en Liverpool no había lugar. Hasta que llegó la llamada salvadora: Wanderers lo invitaba a un amistoso en Minas.

“Subí al ómnibus bastante cohibido. Todos me miraban por el pelo largo”, dijo Ortiz. Como el cuadro minuano no tenía golero lo pusieron en el arco. “Me preguntaron cuanto calzaba. Cuarenta y seis les dije y se agarraban la cabeza. Había unos zapatos viejos número 43 y tuve que jugar con los dedos todos acurrucados. Caminaba en puntas de pie. Ganamos 3-1 pero terminé con los dedos todos colorados”.

Fichado por Wanderers, Ortiz pasó a vivir en Las Piedras. El historiador bohemio Manuel Paredes recordó en la web del club: “Debutó en Wanderers en el torneo Uruguayo de la B de 1970 en cancha de Fénix contra el local y para la televisión. Pasó a residir en Las Piedras. Era el centro de atracción de la ciudad, invitado a cantar en cuanto programa radial había”.

Una noche lo llevaron preso. ¿Qué pasó? “La primera vez que llegué me paré frente al monumento a Julio Sosa. Al lado hay un banco. Había unos policías y vi que me miraban. Claro, con la melena, era para sospechar. Además mi ropa era media estrafalaria. Me pidieron documentos, les dije que era el golero de Wanderers pero no hubo caso, me llevaron en cana. Terminé de amigo”.

Aquel día del debut con Fénix marcó un antes y un después. Ortiz lo rememoró en un reportaje de  setiembre de 1970: “En ese partido había usado gorra y el pelo se juntaba mucho atrás. En un diario dijeron “el melenudo golero de Wanderers” y me vino la idea de dejarme crecer el pelo. De hacerme conocer como el melenudo golero de Wanderers”.

“Fue un adelantado, un gran arquero y excelente compañero. Un loco. ¡Andaba a caballo por el Prado! Nosotros entrenábamos en la cancha de Wanderers y se aparecía a caballo. Tenía cosas muy particulares, reveló “Maño” Ruiz en contacto con El Observador.

Y siguió adelante en el recuerdo de su ex compañero. “Le gustaban los asados. Recuerdo que cantaba en todos lados. Me acuerdo el día que apareció con la vincha y las bermudas, nos mirábamos todos y no podíamos creer. Pero era un arquerazo”.

Maño Ruiz recordó que: “Al Loco le gustaba salir gambeteando y nos ponía el corazón en la boca. El técnico era don Luis Borghini, un maestro. Y le decía ‘Miguel, no salgas gambeteando, pegale’. Pero el Loco no hacía caso, era difícil cambiarlo porque tenía personalidad. Remataba los penales. Le pegaba fuerte”.

Por aquellos años no era común que un golero asumiera el riesgo de rematar los penales. Como habrá sido la cosa que la noticia llegó a la redacción de El Gráfico.

“En 1975 llegó otra noticia; un arquero argentino, Miguel Ángel Ortiz, jugando para el Wanderers uruguayo había marcado, de penal, un gol en la Libertadores. ‘Pero Ortiz es un loco de la guerra’, opinaron en la redacción, restando trascendencia al hecho. En efecto, el Loco era un excéntrico, un Higuita antes de Higuita. Un ‘normal’ no podía hacer goles porque directamente no estaba para eso, no lo intentaba. No se concebía”, escribía Jorge Barraza.

En 1972 tuvo su punto más destacado al lograr el ascenso con Wanderers. Ortiz se convirtió en la figura más popular de la divisional B. Cantó en la televisión. Desafió los insultos de las hinchadas al ponerse bermudas y buzos de colores llamativos.

El Loco había prometido cortarse el pelo si Wanderers ascendía. ¿Saben lo que hizo? “Era tal la idolatría de Ortiz que una vez finalizado el campeonato vendió en pequeños sobrecitos trozos de su melena. Un centímetro por bolsa y la gente compró”, reveló el historiador bohemio Manuel Paredes a El Observador. “El Loco Ortiz era un fenómeno. Me acuerdo que cuando se casó lo hizo con un gorro de charro mexicano. ¡Qué personaje!”, acotó Maño Ruiz.

El paso de los años no impide recordar a un personaje único. Paredes, el historiador bohemio, rememoró: “Me acuerdo de una visita suya a mi familia con su humildad. Su muerte a la temprana edad de 41 años me marcó. Aunque apenas lo conocí descubrí en Ortiz a un ser genuino, gentil. Partió de este mundo en el más absoluto silencio. Creo que Wanderers estuvo en deuda con él, ya que en vida no recibió el homenaje que se merecía”.


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