El futuro vuelve a ser alentador

Uruguay perdió ante Brasil la chance de jugar la final del torneo a cinco minutos del final producto de una serie de distracciones en un tiro de esquina pero se lleva la recompensa de haber recuperado la identidad perdida

El uruguayo es criado desde chico, bajo la consigna de que lo único que importa es ganar. No importa la magnitud del rival. Al contrario, cuanto más grande y poderoso sea, más se incrementa la obligación de ganarle. En Uruguay no se da lo que sucede en otros países donde miran con temor a brasileños y argentinos a la hora de jugar al fútbol. Acá sería una deshonra. El rival tiene que mirar con temor al uruguayo. Se lo dijeron una vez al recientemente fallecido Carcajada Correa cuando le dieron la camisa, porque era una camisa, de Uruguay. “Botija, cuando juegues contra Brasil vas a ver que los rivales no te miran a la cara, miran el escudo de la camiseta”.

Aclaremos, para alguien que mira desde afuera, esta historia no es pedantería. Es la forma que tienen los uruguayos de rebelarse ante escenarios que se presentan adversos.

Bajo estas reglas la derrota 1-2 de Uruguay ante Brasil por las semifinales de la Copa Confederaciones despertó y generó distintas sensaciones.

La rebeldía del que se puso frente al televisor y fue criado bajo las especiales normas que se dictan desde los picados de la calle. La ilusión de ver que se podía, que no era imposible. Y la herida final. Claro que es dura de digerir una derrota que llega a cinco del final, en un tiro de esquina, producto de una duda, de un segundo de distracción y más si se toma desde el convencimiento de que fue injusta.

¿Por qué fue injusta? Porque debemos admitir que Uruguay mereció mejor suerte y terminó redondeando un buen partido.
Su técnico, tantas veces críticado en los últimos tiempos, planteó un partido a la perfección.

¿Cuál podía ser la principal  arma de Brasil para vulnerar a Uruguay? La punta izquierda, por donde avanza Neymar. Lo borró de la cancha al punto que Barcelona se debe haber preguntado, y solo en este partido porque no se puede dejar de reconocer que es un gran jugador, si está bien todo el dinero que desembolsó por una sombra de jugador.

¿Cómo logró neutralizarlo? Retrasó a Cavani para colaborar en la marca y puso a Tata González como rueda de auxilio. Atrás de ambos esperó Maxi Pereira.

¿Cuál podía ser otra de las armas brasileñas? Las subidas de Dani Alves. Tabárez le paró a Cristian Rodríguez en esa zona, entonces el lateral terminó más preocupado por las subidas del Cebolla.

Así las cosas, los primeros 10 minutos se fueron sin pena ni gloria hasta que David Luiz tomó a Lugano en el área y Osses, de buen partido, cobró penal. Forlán, infalible en estas cuestiones, falló ante Julio César que le adivinó el palo.

Brasil pretendió despertar, contó con una chance de Hulk que fue respondida enseguida por un latigazo de Forlán apenas afuera. Hasta que, a cinco del final, Paulinho le metió un gran pase a Neymar. La definición la salvó Muslera pero le quedó a Fred que, peg{andole mal y todo, la metió.

Uruguay sorprendió apenas iniciado el segundo tiempo en una acción que inició Maxi Pereira y después de que la tocaran el Cebolla y Suárez, Cavani la peleó ante Marcelo y le pegó al palo más lejano de Julio César para decretar el empate.

Otra vez un partido apretado. Otra vez Uruguay cerradito en el fondo y Brasil sufriendo por no poder entrar con todas sus estrellitas brillando por la ausencia.

Lo tuvo Suárez pero salvó Julio César y luego Cavani pateó apenas afuera. Pero mire como es el fútbol. Tabárez lo había dicho en la previa. “Con Brasil podés ir 0-0 todo el partido y faltando 15’ tienen un tiro libre, llaman a uno que está mirando en la tribuna, le pega y te ganan 1 a 0”.

Y tuvieron un corner... Muslera dudó, Cáceres perdió la referencia. Y por el fondo, libre de marcas, apareció la cabeza de Paulinho para marcar el segundo gol  brasileño a cinco del final.

El equipo celeste terminó empujando hasta que el tiempo dijo que no había más posibilidades. Con rebeldía y a fuerza de tiros de esquinas lo hizo titubear a Brasil, pero fue imposible forzar el alargue. Entonces no hubo más remedio que quedarse con las sensaciones finales. La bronca y la rebeldía por una derrota que bien se puede catalogar de injusta. Y la mente fría necesaria para mirar un poco más allá de la Copa Confederaciones.

Con la atención centrada en el  futuro quedó la clara sensación de que al común denominador de los uruguayos le agradó ver a su equipo jugar de esta manera.

Sintieron que de alguna forma  se recuperó buena parte de una identidad que parecía perdida. En el momento justo e indicado. A poco del tramo final de la fase de clasificación para el Mundial el futuro vuelve a ser alentador.


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