El fantasma de quedar afuera

Un viejo sentimiento uruguayo surge cuando la selección anda mal: un halo negativo, justificado o no, invade todo

Luego del empate contra Venezuela, el triunfo agónico contra Perú, la derrota en los Juegos Olímpicos, un timorato amistoso contra Francia y el descalabro de Barranquilla, el ánimo futbolero uruguayo llegó ayer al Centenario con el aguijón de la duda metido en el fondo de la conciencia.

Y bastaron seis minutos del primer tiempo para que esos reparos sobre el funcionamiento de la selección afloraran como algo que surge de lo profundo y llega a la superficie como un cachetazo: los zapatos naranjas de Felipe Caicedo pisan el área de Uruguay, es derribado y el paraguayo Amarilla señala el punto penal. Los mismos zapatos chillones de Caicedo mandan a un palo, Muslera se juega al otro y Ecuador se pone 1 a 0. El Centenario como un pozo de silencio.
De alguna forma retorcida, era el partido que se veía venir en la cabeza.
Además, el efecto de la hora hace que la noche caiga luego del gol visitante, por lo que un telón negro se extendió encima de la cancha. El cielo celeste, como las pelucas de muchos hinchas, se había ido.

Entonces Uruguay se pone caótico: Álvaro “Palito” Pereira la pierde de nuevo, Muslera saca mal y se la deja a los veloces ecuatorianos, llueven pelotazos de Godín y Lugano a tierra de nadie. Ecuador domina y un rumor comienza a ganr la tribuna. Unas lonjas se “prenden” desde la América como forma de apoyo, pero este es tibio y no contagia a ningún hincha.

Pero todavía hay crédito en la tribuna porque una intrascendente pero esforzada trepada de Maxi Pereira por la Olímpica genera el aplauso del casi todo el estadio.    

La gente se prende de la impotencia y festeja una tarjeta amarilla al arquero ecuatoriano Domínguez con emoción desbordada. Pero en la cancha los nervios ganan a algunos jugadores y se trasmiten como rebote a los hinchas. 

La gente no le grita a los jugadores, no silba ni descarga la rabia, pero razona: “el peor partido de ‘Palito’”, se escucha. “Así no”, dice otra voz. El “parece que nos gustara sufrir” suena en una boca uruguaya.

Uruguay no puede dar tres (3) pases seguidos. La gente siente deja vu. Las caras de Luis Cubilla, Juan Auntchaín, Víctor Púa y Jorge Fossati se superponen como hologramas en la cara de Tabárez. Forlán se pone un poco el equipo al hombro, pero “Palito” Pereira la pifia y Cavani, en offside, despeja en vez de definir. Solo contra el mundo, Suárez revienta el travesaño de un pelotazo.

Amarilla pitó el final del primer tiempo y los 15 minutos de descanso se vuelven el tiempo de la reflexión y del diagrama del futuro cercano, en cuyo horizonte solo se ven nubarrones peligrosos, mientras como cortina de fondo desde la segunda bandeja de la América las bocinas de los ecuatorianos marcan las tres sílabas del nombre de su país.

La calculadora está a punto de salir de los bolsillos. Los dos próximos partidos son de visitante y perfectamente perdibles: contra Argentina en Mendoza y contra Bolivia en el techo de La Paz. Octubre tiene cara de cuco para Uruguay.

El segundo tiempo tiene otra energía: los cambios de Álvaro González y Cristian Rodríguez sacuden la modorra. La gente conecta con ellos, aplaude y grita. Y perdona. Y vuelve a alentar. Pero el corazón le queda a la gente en la boca cuando “Chucho” Benítez cae en el área por una manotazo de Muslera, pero Amarilla no lo cobra.

En la única acción que nadie le creía capaz (trancar y ganar el tranque) Forlán logra que la pelota derive a Cavani, quien sacude la zurda y Uruguay empata. La gente descarga los gritos acumulados en la garganta. Luego Uruguay pudo ganar, pero no pudo. Y las manos de Muslera lo salvaron de la derrota. 

Al final, la gente se fue caliente. Se escucharon un par de “no vengo más”, “qué bajón” y “ya está”. Incluso hubo algunos morbosos que preguntaron contra quién hay que jugar el repechaje.


Fuente: Valentín Trujillo

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