El efecto de ser un equipo ordenado

El conjunto aurinegro no enfrentó a un gran rival, pero supo manejar el partido a su merced

Ante Rampla Juniors y con la mente puesta en lo que será en la próxima fecha el clásico ante Nacional, Peñarol jugó un encuentro relativamente tranquilo.

No tuvo esa ansiedad que lo llevó a perder la “cordura” en la cancha, el orden, y supo manejar casi siempre el balón.

Claro que ello sucedió porque Rampla le dio una gran mano, teniendo en cuenta que lo ofendió muy pocas veces.

De todas formas, se vieron errores de entrega de pelota de mitad de cancha hacia arriba, –uno de los peores males de este equipo– que contribuyeron a algunos contragolpes que dejaron cara a cara a los dos delanteros ramplenses con los zagueros centrales mirasoles.

Peñarol comenzó bien el partido, manejando los hilos del fútbol y con una gran circulación de pelota. Sin errores.

Marcelo Zalayeta fue la figura excluyente y, por más que a veces lo marcaron de a tres rivales, se las ingenió para habilitar a sus compañeros o mismo para convertir un golazo para el 1-0 transitorio.

En lo que Bengoechea no quedó conforme fue en la pobre habilitación que tuvo en casi todo el encuentro Jonathan Urretaviscaya. “¡Jueguen en largo con Urreta!”, gritaba desde el banco. Y eso, apenas se vio.

Lo de Diogo Silvestre fue muy importante, más que nada, en ofensiva, dejando a varios rivales por el camino. Se cuidó además de no recibir otra amarilla que lo radiara del clásico.

El otro futbolista que dio una buena mano cuando entró y que Bengoechea lo ponderó, fue una vez más Nahitan Nandez en la contención, mostrándose siempre bien parado.

Peñarol no enfrentó a un rival que fuera medida, pero de todas formas volvió a la punta cuando más lo necesitaba.


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