El día después de la tormenta

A tres fechas del final y luego de tomar medidas y superar problemas, Jorge Da Silva, que era mirado con desconfianza, empezó a ganar crédito en la gente, consolidando un equipo que está cerca del título

La herida estaba aún abierta cuando Jorge Da Silva desembarcó en el club. Peñarol sangraba desde lo más profundo de su alma. Uno de los referentes de la gente había sido utilizado para ponerse al frente de un barco que peleaba por navegar en la tormenta. Pero claro, después que los dirigentes salvaron su pellejo, lo empujaron al mar. Y Gregorio Pérez partió en medio de la polémica.

El desembarco de Polilla fue en medio de la tormenta. No había claridad en el horizonte. Se rozaron cuestiones éticas que lo llevaron a dudar en aceptar el cargo. Desde ese momento la gente lo miró de reojo, con un dejo de desconfianza.

Aquel campeonato se perdió. Da Silva inició la temporada 2012/2013 un punto abajo. Su único crédito pasaba por tener la oportunidad de armar el plantel a su gusto futbolístico. Y empezó a tomar medidas.

Y todo aquel que ejerce la toma de decisiones está sujeto a la crítica y la polémica.

La primera fue en el arco. Pidió un golero. Se mencionaron no menos de ocho pero el tiempo pasaba y no llegaba ninguno. Mientras tanto atajaba Fabián Carini. Fue titular en todos los amistosos. Pero de un día para el otro llegó Enrique Bologna, un golero que había atajado en la B de Argentina, y chau Carini, si te he visto no me acuerdo. Lo mandaron al complejo de los juveniles a pagar por sus supuestos pecados.

Después la polémica pasó a ser el suplente del arco. La apuesta era a un hombre de la cantera como Leandro Gelpi. Quedaba la sensación de que Danilo Lerda estaba de más. Lo pidió Bella Vista y a punto estuvo de ser cedido a préstamo. Pero se quedó.

El segundo problema tuvo nombre y apellido: Antonio Pacheco. Que sí, que no, y la gente presionó tanto que los mismos que lo echaron lo fueron a buscar. Aquellos que cuando Gregorio Pérez lo pidió e hicieron poco para devolverlo al club, hicieron ahora lo imposible por traerlo. Inexplicable pero real. Antes no servía y ahora sí.

Pacheco movilizó al club. La gente invadió Los Aromos hasta los días de entrenamiento.

En medio del viaje parecía quedar por el camino Jorge Zambrana. No tenía lugar.

La elección de los rivales para los amistosos de pretemporada tampoco pasó desapercibida. Peñarol enfrentó a rivales de poca monta, generalmente a equipos del ascenso.

Hasta que llegó el día del debut y el aurinegro inició el campeonato con un golpe durísimo. Perdió en la primera fecha contra Fénix y la gente se desilusionó. Otra vez los fantasmas.

Para colmo de males el equipo se quedó sin el referente Antonio Pacheco, fracturado, y el ánimo del plantel quedaba herido. Pero la lesión de Pacheco permitió el ingreso de Grossmüller, de lo contrario, ¿dónde jugaba?

Empate con River Plate en la segunda fecha y el ambiente se puso otra vez intolerable.

Pero los rivales que vinieron después no calzaban los puntos de los anteriores y el equipo encarriló una serie de triunfos que le permitieron obtener un poco de calma.

Pese a ello, Da Silva seguía siendo mirado de reojo. Faltaba algo más para ganarse la confianza de la gente. Un triunfo grande de esos que consolidan.

Si bien el cielo se despejó un poco, algunos nubarrones se posaron sobre Los Aromos. Renunció el gerente deportivo Osvaldo Giménez. Poco antes se había alejado Víctor Púa de las formativas. Otra vez piedras en el camino.

Pero Da Silva no se quejó, por el contrario, empezó a caminar solito hasta el partido que lo expuso al ojo crítico del hincha: Defensor. Era la prueba de fuego. Acaso el primer rival con pretensiones que podía brindar la real dimensión de donde estaba parado Peñarol.

En la semana previa se lesionó el golero Bologna y el técnico tuvo que apelar a Danilo Lerda, inactivo y olvidado. Y el uno salvó la plata. Como el argentino Bologna no se recuperaba, fue tiempo nuevamente de Lerda para el clásico. Un error al salir a jugar una pelota con los pies empezó a cimentar su salida del arco.

Recuperado Bologna y con Lerda en buen nivel el entrenador debía tomar una decisión. Mantener a Lerda era la tarea más sencilla. Pero Da Silva decidió poner la cabeza en la guillotina: lo sacó y mandó a Bologna ante Progreso argumentando que era el titular. Un riesgo total. Si perdía con un error del golero su cabeza tenía precio. Pero asumió el desafío con valentía. Bologna no le falló.

El equipo mantuvo el sábado su condición de puntero al vencer a los gauchos, se encamina a ganar el Apertura, y Da Silva comenzó a obtener un poco más de crédito con los hinchas que lo miraban como sapo de otro pozo.

A tres fechas del final salió el sol para un Peñarol que vive el día después de la tormenta.


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