El clan de los Simonet

Diego, Pablo y Sebastián fueron las figuras que guiaron a Argentina a octavos y además tienen como ídolo a Francescoli

Los Gladiadores de la selección argentina que disputa el Mundial de hándbol en Doha, tienen en sus filas a tres hermanos que vienen de una casta familiar que ya conoce lo que es este deporte: los Simonet.

Es que sus padres Luis y Alicia, lo jugaron en su momento –también vistieron la camiseta del combinado albiceleste– y, obviamente, ellos lo abrazaron con la misma pasión.

Sebastián es el más grande, tiene 28 años y se casó hace 20 días. Juega en Ivry de Francia, mismo equipo en el que juega Pablo, el más chico (22), mientras que el del medio, Diego, de 25, defiende a Montpellier, uno de los grandes franceses.

No es para nada usual que en un mismo plantel seleccionado en un mundial haya tres hermanos jugando. Como buenos argentinos, también aman el fútbol y los une la pasión por River Plate. Tienen al uruguayo Enzo Francescoli como ídolo. Todos hicieron sus primeras armas en la Sociedad Alemana de Villa Ballester de Buenos Aires. El Observador pudo dialogar con ellos en el hotel en el cual se hospedan en Doha.

Se puede decir que son de una familia dedicada al hándbol de toda una vida.
Sebastián: Sí, hemos jugado desde chiquitos, por más que hicimos los tres otros deportes como baby fútbol, vóleibol, natación, pero terminamos en hándbol. Los tres, cuando terminamos el colegio, comenzamos a jugar. Somos una familia handbolera 100%.

Y dentro de todos esos deportes que podían hacer, eligieron lo que hicieron los viejos.
S: Se dio porque se dio. En mi caso ya era alto muy alto de chico y me empezaron a llamar a las selecciones menores. Aunque este (señala a Pablo) vivía con una pelota de fútbol en la mano.
Pablo: Sí, me gusta mucho. Juego con mis amigos de delantero y le pego bastante bien.
D: De los tres es el más fanático. Cuando juega River y estamos en Francia, se queda hasta las 3 de la madrugada viéndolo.
P: Enzo (Francescoli) es nuestro ídolo, pero ojo con Carlitos Sánchez ¿eh?

¿El más calentón es el grande, Sebastián?
D: Somos todos calentones, nos habrás visto con los árbitros.
S: A mí me agarraron con la roja (habla de su expulsión ante Rusia), pero con los años, aprendí a calmarme. Era muy calentón.
D: Él (Sebastián) se calienta más con los jugadores, yo con los árbitros y Pablo con todos (risas).

La vida para ustedes dos que juegan juntos en Ivry (Sebastián y Pablo) debe ser más fácil porque se ven más seguido.
P: Sí, vivimos prácticamente juntos. Está bueno porque somos más amigos que hermanos.
S: Sí, y ya hace unos años que estamos en Francia y hablamos fluido el idioma. Estamos acostumbrados.

Y cuando se enfrentan, ¿cómo viven esos partidos?
D: Con Seba nos enfrentamos dos veces. Pablo en una estaba lesionado y jugó la otra. Sí, es raro, obvio. Querés que le salgan las cosas bien a tus hermanos, pero también les querés ganar porque jugás profesionalmente.
S: Diego nos mandó al descenso. Matemáticamente no estábamos descendidos hasta ese partido, aunque se veía venir. Jugábamos contra Montpellier que es uno de los mejores equipos y en el que juega él. Y al Ivry le tocó bajar.

El de Argentina en el Mundial era el grupo de la muerte y ustedes lograron clasificar a octavos de final.
S: Todo el mundo hablaba de ese grupo porque había cuatro europeos de primera línea. Y pasar como pasamos, no solo ganando, sino jugando bien, te llena más el ego, le da más mérito a lo que pasó. Pasamos un escalón importantísimo. Pero salimos de la zona de la muerte y tuvimos el cruce de la muerte ante Francia.
D: Los dos equipos nos conocíamos mucho y buscamos el factor sorpresa con contraataque, pero no se dio.
S: Si comparás la altura, en dónde juega cada jugador, la cantidad de guita que ganan todos estos pibes de Rusia, Polonia, Alemania, Dinamarca que están en este hotel, que juegan en los mejores equipos del mundo, jugando Champions todos los fines de semana y que la mitad de nuestro seleccionado labura todo el día y después se va a entrenar a la noche, antes del partido pensabas: “Estos pibes no le pueden ganar”. Y ahí es cuando por más que tratemos de potenciarnos en ese tipo de situaciones, las diferencias se notan igual. Muchos hubieran venido acá a hacer un papel digno y nada más. Nosotros fuimos por un camino diferente.
P: Algunos de nuestros compañeros laburan de día, otros estudian, de noche entrenan y llegan a la casa muertos. Y al otro día, otra vez a laburar o estudiar. Por eso, valoramos mucho más esas victorias que se dieron.

¿Cómo ven el hándbol uruguayo a la distancia?
S: Uno de nuestros amigos que jugó con nosotros en Ballester que juega en la selección uruguaya es Gastón Rudich (pívot argentino, nacionalizado) y nos cuenta un poco cómo funcionan las cosas ahí. Creo que es lo que pasó en Argentina hace 15 años: había muy pocos clubes, tres o cuatro fuertes. Hay que laburar mucho en los colegios como se hizo en mi país. En Argentina se ha logrado tener varios clubes que son muy fuertes en inferiores. Hay que laburar la base, que los pibes se enganchen en el hándbol, que les guste, tener entrenadores piolas que los enganchen. No es fácil, pero Uruguay tiene un muy buen amigo que es mi mentor y quien me ha entrenado mucho que es Manolo Laguna, un entrenador español que es un crack y tiene muy buenas relaciones con Uruguay. Creo que de él tendrían que tomar el ejemplo y arrancar con una base. Tienen una población mucho más chica que Argentina, muy centrada en Montevideo, pero eso también puede hacer que la capital haga una liga fuerte.
D: Creo que al igual que Argentina, necesitan roces con equipos con más nivel. Quizás que se haga una liga con Argentina también, que jueguen Nacionales. Argentina también necesita jugar contra los brasileños. Eso para mí es clave para que el hándbol en América siga creciendo.

 


Fuente: Marcelo Decaux, invitado a Catar

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