El básquet en la sangre

Leandro y Emilio Taboada son claves en la permanencia de Urunday Universitario en la Liga
"Vayan a un club que les quede cerca, así se ahorran el boleto, están cerca de casa y pueden jugar más rato", dice un padre que sueña con dos hijos basquetbolistas.

Los niños, de ocho y 12 años, miran atónitos sin saber qué responder ya que los seducen las marquesinas de los equipos más grandes. Aurinegro, el club donde corrían detrás de una pelota en una cancha de vitumen, fue desafiliado y deben buscarse otro aro donde embocar ilusiones.

Algunos compañeros se van a Cordón, ganador incuestionable de la época, pero el padre insiste: "En Cordón van a ser un número, no van a jugar tanto, si se van a un club humilde serán importantes".
Los niños se deciden y Emilio y Leandro Taboada caen a jugar en el club de Jacinto Vera.

En Yale tuvieron en Pablo López, actual entrenador de Malvín, el motivo para dedicarse a tiempo completo para ir detrás del sueño: "El gran inspirador para nosotros fue Pablo; tuvimos la suerte de conocerlo en Yale en sus comienzos y en el nuestro también y él ya tenía una vocación de horas en cancha que nos cambió la cabeza. Te permitía hacer unas horas de cancha que ningún entrenador te permitía", agrega Leandro.

En el viejo Yale se dieron el lujo de debutar en primera y pudieron compartir minutos en el año 2001.
"Leandro era un juvenil y casi no jugaba y yo era un sub 23 haciendo mis primeras armas, pero con cierto bagaje", dice Emilio.

"Siempre que hay una pelota y la dependencia del trabajo es ganar, se complica. No podemos llevar la relación de hermanos a la cancha porque el cariño no juega y lo importante es que Urunday gane". Leandro Taboada

Su hermano, cuatro años menor, complementa: "Era un torneo muy duro, yo era un juvenil y encima regalaba mucho desde la parte física y la técnica, además de la confianza. Emilio ya era un jugador importante del equipo".

Si bien compartieron plantel en Malvín, no pudieron jugar juntos por lo que el regreso dentro de una cancha se dio 14 años después en Urunday Universitario y hubo que separar la relación que tienen fuera de la cancha, cuando empiezan los partidos: "No es lo mismo la relación de hermanos, de la familia con los sobrinos y todo eso, a ser compañeros en el básquetbol donde uno tiene que exigirse en busca del rendimiento y del resultado. Eso nos llevó también a un proceso de adaptación que no fue fácil", asume Emilio y agrega "yo soy muy exigente conmigo mismo y con mis compañeros. Con Leandro soy más exigente que con el resto porque lo vi jugar toda la vida y sé que me puede dar más. Siempre le digo 'escuchá el mensaje y no cómo viene el mensaje', porque puedo hablarle mal".

Leandro lo escucha y sonríe como ese hermano menor que conoce al mayor de memoria: "Siempre que hay una pelota y la dependencia del trabajo es ganar, se complica. No podemos llevar la relación de hermanos a la cancha porque el cariño no juega y lo importante es que Urunday gane. Nos re calentamos dentro de la cancha con la diferencia de que después nos encontramos en la casa de mi madre cuando vamos a tomar mate y al otro compañero lo ves al otro día mucho más tranquilo. Emilio tiene que sacar su mejor rendimiento, yo el mío, y todavía le estamos buscando la vuelta porque nos tuvimos que acomodar luego de la suspensión de Emilio".

El mayor del clan cambia el semblante y confiesa que se equivocó en el partido ante Olimpia en Colón (ganó Olimpia 81-75, hubo incidentes al final y lo suspendieron seis fechas): "Yo asumí mi error, son cosas que pasan y Dios quiera que no vuela a ocurrir. Ese tiempo el equipo debió acomodarse, por eso el partido de esta semana (ganó Urunday 76-67) no lo encaramos como una revancha, sino como un partido importante por el punto en juego".

"Yo soy muy exigente conmigo mismo y con mis compañeros. Con Leandro soy más exigente que con el resto porque lo vi jugar toda la vida y sé que me puede dar más. Siempre le digo ‘escuchá el mensaje y no cómo viene el mensaje’, porque puedo hablarle mal”. Emilio Taboada
La familia está feliz, ya que no debe dividirse para poder seguir a los dos deportistas de la casa: "Para mi padre es un alivio que estemos juntos porque no tenía respiro, pero se suma otra gente de la familia y amigos porque es novedoso vernos juntos, el club es tranquilo y se presta para que la familia venga", cierra Leandro.

Emilio aún tiene cosas por decir: "Mi padre toda una vida nos acompañó, mi madre también, pero yo valoro más a mi padre que era el que nos llevaba a todos lados. Hoy se sienta y se hace el analista de básquetbol aunque no entiende nada (risas) pero está feliz y acompaña siempre".

Los Taboada están felices, se sienten valorados en Urunday Universitario y quieren repetir esta experiencia en la próxima Liga Uruguaya.

Mientras, hacen todo lo posible por dejar al estudioso en primera.

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