El baile del caño

Con dos túneles a David Luiz, Luis Suárez marcó dos goles en el 3-1 de Barcelona a PSG. Mire los tantos

Qué sensación rara esa de ver a Suárez en Champions. De, como uruguayo, enorgullecerse por recononocerlo entre los mejores del planeta, definiendo un partido caliente por cuartos de final de la Liga de Campeones. De ratificar, casi semana tras semana, que es uno de los grandes delanteros del planeta. Y al mismo tiempo, la desazón de saber que, al menos hasta 2016, no lo podrá demostrar con la celeste.

Este miércoles Barcelona le ganó a PSG 3-1 por el partido de ida de cuartos de final, para poner un pie en semifinales. Fue mejor, pero no lo pasó por encima. La diferencia fue que aprovechó cada falencia francesas. Tuvo poder de fuego, de Neymar pero sobre todo de Luis Suárez.

El planteo

Los primeros 30 minutos de Barcelona fueron algo parecido a una mezcla entre el equipo de Luis Enrique y aquel de Guardiola que hace tres temporadas asombró al mundo: presión en toda la cancha, pero en vez del vértigo con pelota que acostumbró el asturiano, posesión hasta el hartazgo para encontrar espacios, como aquel tiki-taka.

PSG no la veía, no podía hacer píe, y por eso se contentaba con retroceder y refugiarse. Barcelona supo hacer el juego de sacar a los defensores de su zona –Suárez y Neymar fueron clave distrayendo marcas-, hasta generar el espacio, que aprovechó Messi para dejar solo a Neymar y poner el 1-0.

Más cerrado

El segundo tiempo dio paso a la cautela: tras el ritmo del primero, los dos equipos pasaron a defender detrás de la línea de la pelota, esperando al rival para lanzar contragolpes.

La mayoría de esos partidos terminan sin más goles. Quizás alguno se resuelve con un error defensivo, y de vez en cuento un talentoso parece para liquidarlo.

Pero Barcelona tiene una diferencia decisiva ante la mayoría de sus rivales, aún los encumbrados como PSG: está casi que vacunado contra malas tardes. Si un día anda mal Neymar, aparecen Suárez y Messi. Si el que falla es Suárez, van a estar los otros dos. Y si en una de esas raras tardes Messi no es el Lio perfecto, el 80% de su ser alcanza: ayer cubrió ese porcentaje con su pase al gol de Neymar para el primer gol.

Después, cuando todo estaba cerrado, fue la genialidad de Suárez, para ratificar por enésima vez que es uno de los mejores delanteros del planeta. Lejos del marketing de Zlatan o Cristiano, pero con más hambre de gol que el primero y más sacrificio que el segundo. Y sobre todo, con un instinto asesino único.

La bestia

Primero fue una jugada bien a lo Suárez. De esos goles que mete con la selección uruguaya, esa que muchas veces, reconocido por el DT Óscar Tabárez, juega a defender y a dársela a Luis para que resuelva con esa capacidad única para el duelo uno a uno. Esta vez era un Barcelona jugado a lo celeste, bien parado atrás para defender el gol de ventaja. Luis recibió una pelota en la banda, le tiró un caño de zurda a un David Luiz que, lesionado, entró por el también lesionado Thiago Silva pero pasó la peor tarde de su carrera. El uruguayo cuerpeó al siguiente defensor recordando que además de talentoso es un guerrero. Acomodó el cuerpo para pasar la pelota a la pierna derecha y cacheteó con la parte interna, para que la pelota se fuera muerta de risa a la red en el 2-0.

Y después fue otra jugada de contra, un gol creado de la nada. Pase de Rakitic al espacio vacío, con un PSG deshilachado entre la búsqueda descuento y la generación de agujeros inexplicables. Suárez otra vez frente al diezmado David Luiz. Y otra vez un caño, ahora con un toque cortito, para dejarlo por el camino y quedar solo con el arquero. El 80% de los delanteros del mundo se hubiese puesto nervioso. Él, más calmo que nunca, la clavó en el ángulo para el 3-0, que se transformó en 3-1 final pocos minutos después con gol en contra de Mathieu.

Ahí está Suárez. En boca de todo el planeta. Y más dolorosamente que nunca, bien lejos de poder estar con la celeste.


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