Días de gloria para Peñarol

Después de transitar el camino de la duda, en cuatro minutos el aurinegro se puso 2-1 y liquidó al rival más complejo que le depara el tramo final del torneo

El destino ponía a Peñarol por el camino del peligro. Corrían 14 minutos del segundo tiempo cuando el aurinegro transitaba por el delgado hilo de la indefinición. En la Ámsterdam, su propia gente se tomaba a golpes de puño cuando Wanderers le ponía la ficha de la duda en su arco. Una jugada de pizarrón en un tiro libre terminaba con el gol de Gagnebin.

Cuantas cosas deben haber transitado por la cabeza de los aurinegros en ese momento... El recuerdo del campeonato perdido en la pasada temporada. La presión de su eterno rival que había ganado el día anterior. El Centenario estaba en estado de shock.

Da Silva activó rápido el plan.  No podía permitir que su equipo fuera invadido por viejos fantasmas. Mandó a Zambrana a la cancha sacando a Torres. A todo o nada contra un rival que en el primer tiempo le manejó la pelota a su antojo con Maxi Rodríguez y Gagnebin, y que, de no ser por las intervenciones de Bologna, tenía que haber marcado dos goles.

A esa altura Peñarol no mostraba otra cosa que las ideas entreveradas. Todo fue sin claridad. Si hasta dejó la sensación de terminar conforme con el empate.

Pero el ingreso de Zambrana generó una corriente. Y el lío en la tribuna contribuyó a tocar el sentimiento de la gente rechazando los incidentes.

Y Peñarol fue. Empujado desde todos los sectores. Cuatro minutos le alcanzaron para dar vuelta un partido complejo, acaso el más peligroso que le depara la recta final del campeonato.

¿Cómo lo saldó? Metiendo presión. Tirando todo el peso de su camiseta sobre el arco de Pérez. No fue con fútbol. Fue anímico.

Entonces, a los 19 minutos, llegó al empate en una pelota quieta que parecía que sobrepasaba a todos pero que alcanzó a conectar allá en el fondo Darío Rodríguez.

Otra vez Peñarol de pie. Y ahora había que aguantarlo. Desde la cancha se transmitía la clara sensación de que Wanderers, superior futbolísticamente a su rival, no podía ser capaz de tolerar muchos minutos más de resistencia

Cansado Maxi Rodríguez, al que desgastaron con Cristóforo como primera referencia para no dejarlo jugar cómodo, el bohemio se diluyó.

Cuatro minutos después Peñarol le decía a todos los que lo persiguen que estaba dispuesto a decidir su propio camino.

Una jugada de pizarrón en balón detenido terminó con un zapatazo de Estoyanoff a la red.

El resto del partido fue el fiel reflejo de la historia del club. Zagueros arriesgando el físico con tal de defender. Volantes mordiendo por todos lados y delanteros colaborando con la marca para no dejar espacios.

Wanderers lo amenazó en un par de situaciones con un remate de De Souza y un cabezazo de Olivera que sacó Bologna, pero a esa altura todo parecía resuelto.

Es que cuando un equipo está con la chapa, todo lo que suceda será a su favor. Es común. Y pasa que el golero encuentra la pelota, que la defensa saca la imposible y que el 9 la mete de rodilla. Como será la cosa que ayer Roberto Silvera permitió que Darío Rodríguez hiciera lo que quisiera cuando se lesionó dejando correr los minutos.

Peñarol, que transitó por el camino de la duda, en un abrir y cerrar de ojos se sacó al rival más complejo que le depara el tramo final y es el dueño de su destino.


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