De Luis al Depredador, la esencia se mantiene

Desde que iba con una mochilita a Los Céspedes a las luces de hoy, lo pasó el mundo por arriba, pero sigue siendo el mismo

Enviado a Recife, Brasil

Recuerdo a Luis Suárez con una mochila que tenía grabado el escudo de Barcelona. Era una de esas mochilas que tienen una cuerda en la boca y se cierran apretándolas. Se la colgaba a la espalda y así iba a los entrenamientos de Nacional hace 10, 11 años. En aquellos tiempos hacía goles en Quinta, en Cuarta, en Tercera. Era impresionante y el técnico Martín Lasarte lo ascendió al plantel de Primera.

Le hice una nota en el Parque Central, en el viejo Parque Central, en la oficina que entonces ocupaba el coordinador de juveniles Daniel Enríquez, en el sector donde ahora está la sala de prensa. La entrevista la había coordinado Wilson Pírez, funcionario del club, cercano a Luis. En aquellos tiempos no había intermediarios de prensa.

Amable, con ganas de hablar y sin las responsabilidades actuales, Luis contó que hubo un tiempo en el que no jugaba y lo mandaron al banco de suplentes porque no estaba metido totalmente en el fútbol. Le gustaba bailar.

También dijo que una vez en un partido de su hermano en Salto, se metió a la cancha para pedirle un pancho. Y habló de Sofía, su esposa actual. Ella se había ido hacía muy poco con sus padres a vivir a España y la extrañaba. Antes de irse, el padre de ella le vendió el celular en cuotas. Fue el primero que tuvo el hoy jugador de Barcelona y goleador histórico de la selección nacional.

Después debutó en Primera división en un partido en Colombia. Jugó en Tercera división, marcó un gol y apenas terminó ese partido le dijeron que tenía que viajar con el plantel de Primera. Se cambió rápidamente y al aeropuerto.

Luego se afincó en Primera, hizo goles, falló otros y a finales de 2005 no disputó el segundo tiempo del último partido contra Danubio (fue postergado por un cohete que explotó en Jardines) porque tenía permiso para viajar a Barcelona a visitar a su novia.

Se consagró campeón uruguayo en finales que Nacional le ganó a Rocha. En el partido de ida, jugado en Rocha, Eduardo Ache (presidente tricolor) y Daniel Fonseca (representante del jugador) firmaron unos papeles del contrato en la ruta. Nacional había recibido una oferta de Anderlecht por él, pero finalmente se fue a Groningen de Holanda porque era la propuesta de Fonseca. Nacional cobró US$ 900.000 por la transferencia.

Hoy el mundo habla de Suárez. Todo lo que le pasó en Ajax de Holanda (paso siguiente al de Groningen), en Inglaterra (lo lindo y lo feo), la recuperación relámpago de una lesión en la rodilla para el Mundial de Brasil, los goles a Inglaterra, a Italia y la sanción que luego le aplicó la FIFA es parte de su historia ya escrita. Ahora está escribiendo otro formidable capítulo en Barcelona, dejando de lado toda la inmundicia que cayó sobre él en los últimos años.

Hace unos días lo llamé para entrevistarlo antes del partido de hoy. "No hay problemas", dijo. Y mientras charlábamos por teléfono, interrumpía cada tanto y pedía perdón. Estaba jugando al fútbol en su casa con Benjamín, su hijo menor. Un rato más tarde, tenía un partido trascendental contra Arsenal por la Liga de Campeones. Era el mismo Luis, el de la mochilita, amable, sin dramas.

Hoy el mundo espera con ansias el partido entre Brasil y Uruguay. Lo esperan porque es un clásico mundial, pero especialmente porque vuelve Luis. Lo que despierta este uruguayo nacido en Salto hace 29 años es increíble. Los uruguayos hablan de Luis y pintan banderas, autos y camisetas con su figura. Los brasileños hablan de Luis y sienten chuchos.

Él debe estar procesando este regreso también. Sabe que tendrá que luchar contra las emociones, más que contra los zagueros rivales. El planeta lo estará mirando. Pero a la hora de entrar a la cancha será el Depredador de siempre, porque sigue teniendo el mismo corazón y las mismas ganas que hace una década.


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