De la bandera ni me hablen

En el Mundial de básquetbol de España un 10,7% de los jugadores nacieron en un país diferente al que defienden

En el mundo del básquetbol, el fenómeno de la nacionalización está dejando de ser opción para convertirse en obligación. Basta hacer una rápida mirada al mundial que se disputa en España donde de las 24 selecciones participantes, 20 tienen al menos un jugador nacido en otro país.

En total son 31 los jugadores nacionalizados en el certamen, cifra que representa al 10,7 % de los 288 jugadores. Solo Argentina, Lituania, Egipto e Irán afrontaron el torneo con basquetbolistas nacidos en su país.  

En el mundial de fútbol de Brasil el porcentaje de nacionalizados fue de 11,5%.

Pero para hablar de este creciente fenómeno hay que ser precisos. Porque no todos los casos son iguales.

Por ejemplo, el ala-pívot de la selección de Finlandia, Erik Murphy, nació en Francia cuando su padre, basquetbolista también, jugaba en Lyon de ese país. Como su madre es finlandesa también tiene esa nacionalidad por la cual optó para jugar el mundial.

Murphy hizo toda su carrera en el básquetbol universitario de Estados Unidos.

Curiosamente, un NBA que juega por Estados Unidos no es nacional: el base Kyrie Irving, que nació en Melbourne. Sin embargo, tenía dos años cuando su familia se fue a Estados Unidos. Australiano, entonces, solo para el documento de identidad.

Este tipo de casos son mayoría: jugadores que poseen doble nacionalidad y que en función de su talento y las oportunidades que se presentan pueden optar entre una u otra selección.

Puerto Rico, por ejemplo, tuvo a cuatro jugadores nacidos en Estados Unidos: Renaldo Balkman y Ramón Clemente (Nueva York), Alex Franklin (Pennsylvania) y Daniel Santiago (Texas). México otros tres (Paul Stoll, Orlando Méndez-Valdez y Román Eduardo Martínez. República Dominicana otro: James Earl Feldeine. Pero en estos casos las raíces justifican la nacionalización.

Algo similar ocurre en los países balcánicos: Croacia tiene tres bosnios, Eslovenia uno y Serbia un croata. Algunos de ellos nacieron cuando todavía existía Yugoslavia.

Pero los casos más exóticos son aquellos donde las nacionalizaciones se hacen para reforzar un equipo al mejor estilo de un club que contrata a un jugador extranjero.

El caso de Andray Blatche es el paradigma. El pívot 2,11 m de Brooklyn Nets arregló su vínculo con Filipinas por el mundial a cambio de US$ 1 millón. Nunca jugó en el país asiático ni tiene ascendencia familiar.   

Es que en estos casos los estadounidenses son al básquetbol lo que los brasileños al fútbol.

Muchos son tipos que dan vuelta al mundo hasta que uno de sus destinos los reclama como propios.

En esa lista están los bases  Pooh Jeter (Ucrania) y Oliver Lafayette (Croacia), el escolta Larry Taylor (Brasil), el ala-pívot Reggie Moore (Angola) o el pívot Casey Frank (Nueva Zelanda). Todo un caso es el de Jarod Stevenson quien juega por Corea del Sur y se cambió el nombre: Moon Taejong.  

Acá la FIBA, a diferencia de la FIFA, es tajante: solo puede haber una nacionalización deportiva por equipo.

Por esa razón, España no pudo contar con Nikola Mirotic, ala-pívot de Montenegro que brilló en Real Madrid. El cupo es del congoleño Serge Ibaka.


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