David se vestirá de blanco

Uruguay enfrentará al campeón del mundo España en su debut en el torneo; Tabárez dijo que si tuviera la receta para ganarle la vendería y la lógica da favorita a la roja

Jugar contra el campeón del mundo genera el triple efecto: motivación, riesgo y desafío.

El primer análisis podría ser liviano. Son los mejores, es posible perder y nadie se va a escandalizar.

La regla puede aplicarse a selecciones que no cargan con un pasado tan rico como Uruguay. Para los celestes, cada partido es una final de Copa del Mundo.

Otra lectura podría ser la económica. El valor del plantel español, su espectacular Liga, su capacidad de venta –dentro y fuera del deporte– aventajan largamente a la selección uruguaya.

Podría citarse otra variable. Las apuestas cuadriplican el pago ante una victoria de Uruguay.

También hay un ingrediente vinculado al interés comercial del evento. Cuando se menciona la final soñada el imaginario colectivo dispara que la jugarán Brasil-España en Maracaná.

Está claro que no se puede jugar mejor que España. Difícilmente un equipo pueda monopolizar la pelota como lo hace el cuadro de Vicente Del Bosque.

Se podrán incorporar consideraciones sobre táctica o sistemas de juego o simplemente decir que su fútbol se disfruta. Es más, emociona tanta perfección.

Como sí fuera poco, la solidez defensiva se pone de manifiesto en etapas decisivas.

Aunque, el entrenador confiese que no tiene definido el 11, está claro que el colectivo supera el brillo de las individualidades.

Tabárez no ha dudado en señalar que si tuviera la fórmula para ganar a España la vendería. Pero también ha condimentado la previa con algunas consideraciones que pertenecen más a la épica de la vida que al razonamiento del juego.

Partiendo de la premisa que el fútbol es el único deporte colectivo donde el más débil puede ganarle al fuerte y citando la receta de Atlético Madrid –las sorprendentes victorias se cimentan asumiendo que en estos casos el rival es mejor– el DT cree que imposible es solo una palabra.

En el Mundial de Sudáfrica, luego de la derrota ante Holanda, y antes de comenzar una nota, un amargado Forlán dijo que lamentaba la oportunidad perdida porque nunca se estuvo tan cerca de una final. La explicación de la derrota la vinculó a los errores defensivos ante un equipo de primer nivel. Una equivocación cuesta el partido.

El último amistoso ante la roja se resolvió rápidamente tras las fallas de la retaguardia celeste.

Ahí se suma otra consideración. Está  prohibido fallar ante un equipo perfecto.

Con este análisis, se podría decir que la misión es imposible y la afirmación de Tabárez sobre lo vital que resultará vencer a Nigeria para clasificar lo avalaría.

Pero, antes de la sentencia final, es preciso recordar –sin caer en un mensaje chauvinista– que somos uruguayos. Esto supone un pacto con los milagros. Una corriente inexplicable de temperamento que nos lleva a pensar que hay una remota chance solo porque somos hijos de la patria de Obdulio.

Al fin y al cabo, en la madre tierra Forlán fue Pichichi y los precios del mercado de fichajes se sacuden al ritmo de los goles de Suárez y Cavani.

Robarles la pelota será imposible, emparejar las apuestas no es viable, tener una liga atrapante solo puede ocurrir si se acaba el mundo y ocupar el primer puesto del ranking FIFA es una tarea que se puede relacionar con la ciencia ficción.

Si Tabárez no tiene la receta, quien esto escribe tampoco.


Fuente: Roberto Moar, especial para El Observador desde Recife

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