Corazón naranja

Gastón Colmán volvió a Sud América luego de algún trago amargo en Argentina; debutó en Primera en Paraguay y le dio una gran mano a Tacuarembó

Dueño de una personalidad envidiable, Gastón Colmán –"sí, mi apellido va con tilde pero ya me acostumbré a que lo digan mal", dice– se fue de su Tacuarembó a probar suerte a Olimpia de Paraguay. Tenía 20 años, tomó sus cosas y viajó sin nadie que lo acompañara.

Había jugado en la Quinta de Tacuarembó y luego vino a Montevideo. Se probó y quedó en Defensor Sporting, y fue campeón en Cuarta con Hebert Silva Cantera como técnico.

Y allá en Paraguay, metió varios goles en la Tercera olimpista y Carlos Kiese lo hizo debutar en Primera. Debe ser de los pocos casos que un uruguayo no comienza en su país en el fútbol mayor.

"Estuve un año y medio allá y me fue bien hasta la lesión de rodilla que me obligó a una rehabilitación de nueve meses", recuerda Gastón en diálogo con Referí, luego de haber hecho dos goles decisivos para Sud América el pasado domingo en el triunfo ante Racing.

No quiso que fueran sus padres. Él se las podía arreglar bien. Pero varias veces recibió la visita de un uruguayo que la rompía en ese momento –¿cuándo no la rompió?– en Olimpia: Martín Ligüera.

"Me fue a visitar al hospital varias veces. Es un fenómeno como persona y ni que hablar como jugador. Tengo muy buenos recuerdos suyos", explicó.

Primero vivió en la concentración del club y luego se mudó con Santiago Vergini (actual zaguero de Boca Juniors).

Allí le tocaba hacer desde los mandados a cocinar, pero el argentino también lo hacía. Los dos fueron creciendo juntos.

"Cocinábamos fideos con salsa, milanesas al horno, de todo", recuerda.

Se casó con Lourdes hace solo tres meses, luego de siete años de estar en pareja. El lunes ella estaba estudiando y él en su día libre. Por lo tanto, concinó un matambre a la leche con puré de papas. "Je, hay que hacer de todo", indicó sonriendo.

En la escuela 144 de Tacuarembó fue abanderado y pasó todos los años con sobresaliente. Terminó el liceo y llegó a Facultad de Ingeniería.

Lo explica Gastón: "Quería ser ingeniero de sistemas, pero la verdad es que no me dio y seguí en el fútbol. Era muy complicado".

En aquellos tiempos, cuando su padre Heber lo necesitaba en la herrería, daba una mano cortando hierros y aprendía algo del oficio.

Cuando volvió de Olimpia, Defensor no lo utilizaba y se fue a Tacuarembó para jugar. Estaban prácticamente descendidos, y al final se confirmó.

Entonces comenzó a jugar en Segunda. "¡Uh! Es muy complicada. Nos llevamos un golpe bárbaro porque dos años seguidos, primero con Huracán y después con Torque, no llegamos a la final. Recién se nos dio en el tercer año".

Siempre se acuerda de una lección que aprendió: "Teníamos todo para subir porque jugábamos ante Torque que no se jugaba nada. La noche anterior, en el hotel, estábamos como locos de alegría, pensando que al otro día nos iban a recibir en Tacuarembó como ascendidos. Nos sentíamos campeones. Pero nos hicieron cuatro. No me olvidé más. Aprendí a no ganar los partidos antes".

Económicamente, la cosa estaba complicada en Tacuarembó. "Todos los meses había problemas para cobrar. Un año, antes de empezar el campeonato, unos compañeros y yo tuvimos que retirar nuestros reclamos porque los dirigentes nos dijeron que si no lo hacíamos, el club no iba a poder empezar. Faltaban tres horas para que se pusieran al día con las deudas en la AUF y aceptamos posponerlo. Si no, el club no jugaba y nosotros queríamos que jugara", explica.

Pasó a Sud América en su primer período en el club y tuvo al Flaco Vivaldo de técnico. "Fue quien me ayudó a cambiar mi manera de jugar, a tener más participación, a ser más movedizo y hoy se lo agradezco".

Su nivel lo llevó a Atlético Rafaela de Argentina. Fue por un año y medio, pero a los seis meses se volvió. Es un fútbol "muchísimo más dinámico, tanto que me costó entrar en ritmo", dice. Pero también hubo otras cosas. Una noche, estaban cenando con el plantel y algunos barrabravas les pintaron los autos con consignas acerca de por qué no ganaban.

Otro día, salía del estadio con el uruguayo Mathías Abero y los pararon por la misma razón otros barras de pesado. "La Policía estaba cerca, pero no hizo nada. Por suerte, nos metimos en el auto de Mathías y nos fuimos", recuerda. Allí lo dirigió Jorge Burruchaga, campeón mundial en México 86 con Argentina.

En su regreso a Sud América se lo nota distendido. "Estoy contento. El técnico anterior me necesitaba de volante y le di una mano, pero ahora juego de delantero y me reencontré con el gol".

De chico le gustaba cómo jugaba Raúl en Real Madrid. Hoy dice que "lo que hacen Cavani y Suárez por el fútbol uruguayo es increíble".


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