Con las camisetas contadas

La humildad de la utilería de Rampla, donde los jugadores toman mate, comparten historias y no protestan por la ropa
En Rampla la historia se escribe día a día. Cada acto lleva impregnado el amor al club. Como aquella vez que los hinchas invadieron la cancha para cortar el pasto o cuando fueron a pintar las tribunas y acondicionar cada rincón del Olímpico.

Las habituales colectas por la tribuna, los almanaques a voluntad, las innumerables rifas donde se sortea la camiseta del club con el único objetivo de obtener recursos. O aquella conocida donación de fideos de una fábrica de pastas para que el plantel pudiera concentrar y almorzar antes de salir a la cancha.

Para todas estas historias hay héroes anónimos. Gente que lleva al club en el corazón y aporta lo poco que tiene para no dejar morir su pasión.

La historia de Rampla, como la de tantos clubes, se escribe a sangre y corazón. A puro pulmón.
En Rampla cada peso vale oro. Como cada prenda que maneja su utilería. Justamente ahí, conviven dos de los anónimos que escriben a diario la historia del club con los sueños de los jugadores.
Juan Peña y Jona Vera pasaron de la tribuna a la utilería de los picapiedras. Llevan a Rampla en la piel, como lo demuestra el tatuaje que lleva Peña en uno de sus brazos: el escudo de la institución picapiedra.

Ante el alejamiento del utilero que trabajaba en el club, Juan se encontró de pronto ante una tarea que jamás había realizado, pero Rampla requería que había que ponerle el pecho a las balas. Y no dudó en ponerse al frente del pelotón.

Juan había arrancado bajando pelotas y ropa a la cancha. Tenía 27 años cuando Leo Castillo le preguntó si se animaba a dar una mano al utilero de entonces porque estaba sobrepasado con la cantidad de tareas. Y como estaba sin trabajar se apareció por el Olímpico.

Alguna que otra vez se debe haber mojado los pies en procura de alguna pelota que cayó al agua. En el club de la Villa cada pelota vale oro y hay que ir al rescate por más lejos que se encuentre.
El tema es que al año siguiente el utilero se fue y de la noche a la mañana Juan se vio adentro del recinto sagrado, conviviendo más de cerca con el plantel, conociendo las historias de los jugadores que se le arrimaban a compartir un mate y charlas de los variados aspectos de la vida.

Y mire como son las cosas, como no tenía experiencia en el tema, los propios jugadores le fueron enseñando a llevar adelante la tarea de tener pronta la ropa para cuando el grupo llegara al Olímpico para entrenar.

"Yo nunca había hecho nada de esto, lo poco que había visto fue de verlo laburar al hombre que estaba antes. Pero los gurises (los jugadores) se portaron bien de bien, entendían que yo nunca había hecho esto y siempre fueron positivos. Me ayudaron. Por ejemplo Rodrigo Odriozola (golero y uno de los referentes del plantel del elenco de la Villa) venía y me decía 'hacé esto, hacé esto otro, manejate así' y así fui aprendiendo, sobre la marcha", expresó Peña a Referí mientras doblaba y apilaba una serie de remeras blancas.

¿En qué consiste la tarea del utilero? "Soy el primero en llegar y el último en irme del vestuario. Entro a las siete de la mañana. Cuando los jugadores llegan a la práctica les dejó a cada uno la ropa en su canasto y cuando terminan me la traen y se lleva a lavar", sostuvo Peña.
A la hora del entrenamiento debe disponer de dos juegos de chalecos, todos los shorts, las medias, las remeras, y ahora que se viene el frío los buzos deportivos de abrigo, de color verde con el nombre del club en blanco.

De los zapatos se encarga Jona, que los tiene acomodados en un locker de madera. "Cada jugador tiene de cinco a dos pares de zapatos", acotó.

Como en Rampla los jugadores no se pueden dar el lujo de tunear los zapatos con los nombres de sus hijos u otro tipo de leyendas, Jona pide permiso para ponerles el número de la camiseta a los botines. Los marca con un sylvapen. De ese modo se garantiza identificarlos con más facilidad.

"Acá las vivís todas"


Pero en la utilería de los equipos hay aspectos que van más allá de lo deportivo. Ahí adentro conviven los sueños de los jugadores con las historias de vida.

"Acá las vivís todas. Esto es más humano que deportivo. Acá vivo de primera mano cuando los jugadores se organizan para hacer las comidas. O como ha pasado, que hemos estado sin cobrar, y a determinado jugador que tiene dificultades se le junta plata para ayudarlo. Eso existe acá. El compañerismo, la solidaridad", contó Peña.

Y agregó: "Acá tomamos mate con los jugadores, me piden algo para comer, algún bizcocho, y se arriman. Soy uno más para ellos".

"¿De qué no me olvido de todo lo vivido acá adentro?", se pregunta mientras piensa...
"A mí lo que me queda es el después de cada partido, por ejemplo el último partido con Peñarol, que lo sentimos como que nos metieron la mano en el bolsillo. Fue una bronca tremenda, en el vestuario estaba todo el mundo caliente, los gurises tenían impotencia porque jugaste tremendo partido y de un momento al otro te lo sacaron. Esas cosas me quedan. A mí me queda como se va el jugador en las perdidas, ahí te das cuenta como siente la camiseta, valoro mucho más como se van después de una derrota que en las ganadas".

Nadie protesta


En Rampla no sobra nada. Todo es sacrificio. Tal vez por eso todo se valora el doble.
"Acá tenés que cuidar cada pilcha. La ropa es la justa. No te da para más. Las prioridades son otras y te manejas con lo que podés. Y los gurises reaccionan bien, capaz que le das una media de cada par y no te dicen me estás dando dos medias diferentes. Se ponen lo que tienen, no hay ninguna estrella. Y es normal que vaya alguna media con algún agujero. Y ninguno te dice 'no me des eso'. Ellos como mucho te dirán 'conseguime algo mejor, o me mataste, mirá lo que me das'", narró el utilero de los picapiedras.

Y contó: "Hay un jugador al que siempre le doy un número distinto y me dice, 'me matás con los números, dame un número fijo'. Ellos entienden bien donde están y que, así como tenemos carencias, vamos mejorando en un montón de cosas".

Prohibido cambiar camiseta


Si hay algo de los que los jugadores de Rampla están avisados es que, hasta que no llegue la nueva partida de ropa, no cambien la camiseta.
¿Motivos? El club tiene solo dos juegos de la tradicional y dos de la alternativa roja.

Esto significa que si algún jugador cambia, como pasó, se queda con una sola y si se la rompen en un partido corre el riesgo de tener que pedir el cambio porque no tienen más casacas.
"Camisetas tengo las justas", admitió Peña. "Dos camisetas por jugador. Dos tradicionales y dos alternativas rojas, lo mismo con los shorts".

El utilero agregó que se habló con los jugadores para dejar el punto claro.
"Al que quiera cambiar se les dice que hasta que no venga la tanda de ropa nueva no cambien porque nos perjudicamos todos. El que cambia se queda con una camiseta sola, y que prenda velas para no se le rompa. ¡Qué no se te manche de sangre porque estás al límite, tenés que pedir cambio!", dijo Peña.
El utilero reveló que el delantero Santiago González cambió la camiseta en el partido con River Plate, para llevarse la del club donde se inició, y ahora le queda una sola.

La ropa viene de Ecuador por lo que demora más de los habitual len llegar a Montevideo. Al inicio de la temporada llegó una partida y ahora esperan que se cumpla con el segundo pedido, en el que viene la ropa de invierno. Hasta la fecha, el plantel aún no dispone de camperas de abrigo.
"Equipos deportivos tenemos los justos, los de años anteriores, y solo uno por jugador. A fin de año se les regala la camiseta. Y cada uno hace su pedido de camiseta, por ejemplo cada jugador pide cinco camisetas de alternativas que las utiliza para regalar", con Peña.

Así es la vida interna de los picapiedras. Con dificultades pero con un gran amor propio que permite a sus jugadores disimular y superar las carencias para jugar sin complejos ante rivales que disponen de todas las comodidades. l

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