Con la camiseta de la historia

Uruguay volvió a demostrar el peso de su casaca color cielo y venció 3-0 a Chile
Una vez Carcajada Correa me contó una historia que me quedó grabada para siempre. Con su particular estilo de narrar el exzaguero que se fracturó defendiendo a la selección me dijo: "Cuando me dieron la primer camisa, porque era una camisa que pesaba, don José me dijo: 'm' hijo, cuando los rivales lo vengan a saludar no lo van a mirar a la cara, van a mirar el escudo de la camisa. Le temen'. ¿Usted sabe quién era don José?", me preguntó Carcajada. Y respondió: "¡Nasazzi!".

Es cierto que no se puede vivir del pasado. Pero hay legados de la historia que se transmiten. Hay ciertas cosas que solo entienden los uruguayos. Y no se trata de patriotismo, como dijo el técnico de Italia en el Mundial de Brasil de que los jugadores de Uruguay sentían más la patria. Es difícil de explicar. Pero esa camiseta celeste tiene algo que no resiste a la lógica. ¿Qué nos lleva a ser tan pequeños y tan grandes de historia? ¿Qué nos lleva a querer medirnos contra los grandes y poderosos sin temores? ¿Qué es lo que hace que los uruguayos tengan un espíritu indomable? ¿Cómo decirle al continente que emparchados, sin Suárez, y con serios problemas para generar juego Uruguay está otra vez?

Mire, no sé si los chilenos miraron el escudo de la camiseta, pero la historia volvió a mandar. Ayer, como hoy, Uruguay ganó con el peso de la camiseta de la historia.

Observando los primeros minutos del partido no había forma. Todo era color rojo. La pelota, el dominio del terreno, la generación de peligro.

El técnico de Uruguay, Oscar Tabárez, planteó un partido con pleno conocimiento de las virtudes de su equipo. Fiel a su estilo primero montó un operativo para cerrarle los caminos al rival. Era sabido que Chile se apoderaría de la pelota.

Entonces el DT paró una línea defensiva tradicional con cuatro hombres, por delante de ellos puso otro muro con cuatro jugadores. Dos volantes por adentro como Corujo y Egidio. Su misión fue estar bien pegaditos. Dos volantes por afuera como Rolan y Sánchez. Su misión era tapar la subida de los laterales y volantes rojos. Por delante de ellos Lodeiro libre y arriba solo Cavani.

El primer tiempo fue intenso. Sufrido por momentos porque Isla, de los pocos chilenos a los que no les pesó el partido, fue una y otra vez. Cáceres la pasó mal. En uno de sus primeros desbordes por poco no anotó Vargas.

Chile dominó. Se paró en campo celeste. Todo ayudado por algunos desajustes de los volantes que generaron inquietud, más no peligro.

Pero si algo tiene este equipo uruguayo es paciencia. Y curiosamente es algo que el público comenzó a entender. Si el rival tiene más armas futbolísticas, espero mi momento. Sin locuras.

Como estaba planteado el partido todo quedaba librado a una pelota quieta. Llegó a los 21 minutos. La sirvió Sánchez, superó a todos, Coates la empujó al medio y Godín la mandó a la red con el alma. Fue el grito del desahogo de un pueblo herido en su orgullo por lo que había sucedido con Cavani en Santiago.

Con la ventaja la celeste manejó los tiempos. No tuvo apuro, puso el juego en el congelador y Chile desesperó. Se fue alguna pierna de más ante la pasividad de un juez que vino a sacar el partido sin complicarse. De otra forma no se explica como no expulsó por doble amarilla a Arturo Vidal.

El equipo demostró madurez para no entrar en las provocaciones del técnico Sampaoli cuando insultó a Cavani. Marcó la cancha, pero no cayó en la trampa, justo es decirlo.

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En el complemento los entrenadores no realizaron modificaciones. Uruguay no se apartó de su libretio. Chile menos. Al minuto la celeste pudo sentenciar la historia pero Rolan no llegó a una pelota puesta por Sánchez.

Y el juego fue a un trámite de sufrimiento. Chile tomó la pelota y comenzó a invadir. De los 8 a los 15 minutos la incertidumbre ganó a los uruguayos. Valdivia manejó la pelota, Vidal se apoderó del medio, Isla fue amenaza constante. Primero lo tuvo Vargas y enseguida Coates realizó un cierre oportuno en una pelota de gol.

Pero Uruguay fue sólido defendiendo. Mostró automatización en pequeños detalles: si Corujo salía a presionar Lodeiro se metía adentro de la línea de volantes.

Y en el momento menos esperado llegó un pelotazo largo. La defensa roja se olvidó de Cavani que peinó y Palito Pereira, que recién había entrado, metió otro cabezazo para hacer estallar al Centenario.

El volumen de la fiesta no se había bajado cuando, dos minutos después, Sánchez ejecutó un tiro de esquina y Cáceres sorprendió a todos con un cabezazo en el primer palo. Fin de la historia.Chau Chile, nos vemos en 2016.

Quedará para siempre la eterna polémica sobre el real significado de lo que es jugar bien. En fútbol, todas las formas son válidas.

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Y el Uruguay de las dudas y los cuestionamientos. El que tantas preocupaciones generaba por no contar con Suárez y Cavani. El que no tenía fórmulas para ganar. El que tenía un calendario desfavorable. El que no sabía ganar de local. El que no tenía recambio y su técnico era un cabeza dura que no citaba nuevos jugadores. Ese Uruguay termina el año segundo en la tabla.

Dijo alguna vez Marcelo Bielsa y es valido el momento para recordarlo.

"No se preocupe si no se premia a un proceso que obtuvo menos de lo que merecía. Eso no debería generarnos preocupación. La injusticia es muy común, pero cuando se premia como bueno algo que no es bueno, que es casual, eso sí es muy dañino para todo, porque enseña que un atajo te lleva al objetivo y un atajo no te lleva al objetivo".

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