Con el grito en la garganta

La hinchada aurinegra, que dispuso de toda la Olímpica, preparó una fiesta pero su equipo no le permitió desahogarse del sufrimiento que arrastra en los últimos tiempos contra Nacional

Los tres anillos del estadio pintados de amarillo, negro y más amarillo. El humo de las bombas. Mucho canto, puro aliento. La bandera de Nuevo Malvín. Los bombos y el papel picado.

Ese fue el marco que la hinchada de Peñarol le puso al clásico. La ilusión disfrazada de consigna: romper con la racha perdedora ante Nacional. 

Pero allá estaban los bolsos en la Colombes. Humo tricolor, tirantes coloridas. La resistencia aflorando en su bandera azul gigante. La ilusión al desnudo de estirar la racha a fuerza de la camiseta y el retorno del Chino.

Y así como en la cancha se dio el partido de 55 mil almas en las tribunas. Al principio Peñarol era un huracán. Pero entre el palo y las atajadas de Bava, la confianza de los tricolores se robusteció.

Fue así como tembló el Centenario, cuando minutos antes de terminar el primer tiempo la Colombes se partía: “Y ya lo ve, y ya lo ve, somos locales otra vez”.

El segundo tiempo fue otro partido.

Nacional tuvo su momento. Los horrores de Lerda cada vez que jugó con los pies y un misil del Chino despertaron los fantasmas de los últimos clásicos.

Pero quiso el destino que todo terminara como arrancó. Con Zalayeta metiendo una bala en el palo, con Bava otra vez clave y decisivo en cada una de sus intervenciones.

De consigna a ilusión y de ilusión a desazón, el hincha aurinegro vio cómo se le marchitó la flor.

En un clásico no importa la tabla ni las conveniencias. Los méritos, la mala suerte ni los fallos arbitrales. La única realidad es el resultado. Y el sentimiento no empata.

¡Qué tiempos aquellos! recordará un nostálgica carbonero más afecto al tango que a los 24 de agosto.

Pensar que en la década de 1990 los ganaban con la camiseta. Contra el Chino en su plenitud física, ante el talento de O’Neill o   frente a la magia de Sosita.

Y ahora todo se dio vuelta. El que sacude la camiseta y asusta es el bolso.

Solo ese hechizo que los estadistas llaman “rachas” explica esta clase de fenómenos: jugar sin el vértigo de Bueno, con Recoba solito y celosamente vigilado, sin el patrón Píriz que el clásico pasado lo empató de un cocazo. Y no perder ante un rival que venía floreándose con una aceitada maquinaria ofensiva.  

O sino que miren para atrás y vean cómo se resolvió el 3-2 del Clausura pasado cuando Zalayeta jugó fenómeno pero Nacional lo ganó con un tiro libre de Recoba ejecutado así nomás, al palito del golero.

¿Y el Apertura 2011 que el Chino definió de penal en la hora? Y así puede seguir la catarata de recuerdos, pasando por los goles del Morro, las gambetas de Lodeiro y  una remontada atrás de la otra. 

Peñarol lo tenía todo para torcer el rumbo de esta historia. Pero esta vez el grito que era un auténtico desahogo, se le perdió en la garganta.        


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