Bienvenidos a la nueva era

Alemania, que marcó el fútbol que se verá en los próximos años, fue justo campeón en su partido más flojo

Quizás en 20 años su hijo o su nieto le pregunten cómo fue esa final de Brasil 2014. Es lo que tienen estos partidos: pequeñas cápsulas de historia, puntitos en el calendario que, hasta el día de su muerte, uno recuerda dónde estaba, qué hacía, cuál fue su reacción casi a cada paso.

Y será difícil contestarle. Quizás le dirá (me meto, de atrevido, nomás) que Argentina tuvo tres pelotas de gol, de esas que cuando se tienen, se anotan. Capaz le dirá que Alemania jugó un torneo de un nivel supremo, de los que marcan una escuela de fútbol, como lo había hecho la España de 2010. El énfasis dependerá de hacia dónde le tiraba el corazón en esa tarde.

Pero seguro que le hablará de Mario Götze. Un petiso, medio gordito, que en su momento fue famoso, pero que, ese día, apenas había sido nombrado hasta el minuto 112 . Y que, como en tantas historias del fútbol mundial, se redimió en una sola jugada: bajando la pelota y pegándole de aire, en un instante, y clavándola en el palo izquierdo de Romero.

Después habrá miles de detalles: que durante el torneo los argentinos pusieron de moda el cantito de “decime qué se siente”, que en la final se les dio vuelta y fue motivo de burlas, que los brasileños apenas pudieron esbozar una mueca de alivio después de pasar vergüenza en la copa del mundo, o que Messi, a pesar de hacer un buen Mundial, no estuvo a la altura del héroe que pedía la película.

Pero ante todo, de la final, lo que quedará será ese instante. Esa corrida hasta el fondo de Schürrle, y ese momento mágico en el que un buen jugador se transformó en un jugador eterno.

El premio
La punta de lanza de una nueva era del fútbol tuvo el premio que merecía: el título. No se quede con lo de ayer, que, en definitiva, fue uno de los partidos menos brillantes de esta Alemania de Löw, en el que menos pudo hacer lo que quería. Porque ese fue el gran hallazgo de esta moderna Mannshaft: jugó a lo que quiso. Monopolizó la pelota ante Portugal, ante Francia intercambió en segundos un esquema de defensa total a ataque abrumador, y agregó contras letales y mentalidad asesina ante Brasil. Un camaleón futbolístico que a diferencia de su antecesor, el Barcelona de Guardiola, tiene mil herramientas a las que recurrir.

Sea como fuere, Alemania supo a lo que jugó durante todo el Mundial, hasta que se encontró con Argentina. Y en la final, el equipo de Sabella lo bajó a su nivel. Un escalón o dos por abajo, mordiéndolo en toda la cancha, cerrándole espacios. Cortándole los circuitos futbolísticos que tan bien le habían funcionado ante Brasil, ese tiqui taca bestial que había aniquilado al local.

Con la pelota, pero sin esos circuitos, Alemania tuvo en el primer tiempo a Schwensteiger como su gran generador. Otra vez, un camaleón: el 7 del Bayern, que ante Brasil había sido el que raspaba y hacía el balance, se puso el traje que en otros momentos se pusieron Khedira, Kroos o Lahm, que jugó de 5 distribuidor hasta el partido ante Argelia. De sus pies, de sus encuentros con Kroos, Lahm o Müller, llegaron las pocas chances claras del primer tiempo: un par de centros cruzados y después, de pelota quieta, un cabezazo de Höwedes que dio en el palo.

Pero fue Argentina el que tuvo las más claras: con Messi corriendo y apilando por derecha, donde volvió loco a Höwedes junto a Lavezzi. Y una de esas casualidades que suelen definir un mundial: un cabezazo sin sentido de Kroos para atrás, que encontró al Pipita volviendo y sorprendiéndose con el regalo: solo con Neuer le pegó mordido. Aunque nadie podía saberlo aún, era el primer aviso: en una final del mundo no se puede perdonar.

En el segundo tiempo, Sabella sorprendió: sacó a Lavezzi, desnivelante en el arranque, y puso a Agüero. Se la jugó por atacar con tres puntas, pero, a su vez, controlar a Schwensteiger en la salida. Y logró lo que le faltaba: apagó a Alemania, lo obligó a ser tosco como nunca antes en el Mundial. Al estilo del viejo Alemania, el de los panzers, pero sin el punch de Voeller o Klinmsman.

Ay, Argentina...
Argentina lo tenía todo. De contra empezó a encontrar espacios ante un rival que en defensa vivía su peor momento. Messi ganó una vez la posición, quedó solo, aunque algo abierto... pero la pelota se fue ancha. Y un rato después fue Palacio, que tras una pelota a espaldas de la defensa, quedó solo con Neuer... y la tiró por arriba. Tres chances erradas. ¡Tres chances! Un despropósito, más en una final.

Lo siguiente no fue muy analizable. Apenas para verificar cómo, ante la tensión de una final, las piernas pesaron 5 kilos. Cómo fue el momento para que apareciera un diferente, que apilara cuatro jugadores y la clavara en un ángulo. En otras palabras: que apareciera un Messi como nunca antes se lo vio. Como el héroe capaz de salirse de la lógica y definir un partido para entrar definitivamente en la lista de los grandes: de los Maradona, de los Pelé.

Pero no, no apareció. El partido se fue al alargue. Las piernas siguieron cansándose, y las cabezas acostumbrándose a la idea de definir por penales. Hasta que dos pibes alemanes se salieron de la lógica. ¿Inconsciencia? Puede ser. ¿Clase? Capaz. ¿Estadística? Es la más probable: una, en 120 minutos, tiene que ser gol. Sea como fuera, Andre Schürrle corrió por izquierda, le ganó a Mascherano por una vez, vio a Götze que venía haciendo la diagonal y tiró el centro. Y el petiso por el que casi nadie daba nada en este Mundial puso las cosas en orden: la Alemania revolucionaria, el camaleón, el que le mostró que hay un nuevo camino a seguir en la evolución de la pelota, levantó la copa. Y agregó un nuevo capítulo en la historia del fútbol mundial, para contarle a los nietos.


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