Balada para un loco

La crónica de un uruguayo viendo a la Generación Dorada argentina ganarle a Brasil en dos alargues y como visitante

ENVIADO A RÍO DE JANEIRO

La Generación Dorada tiene ese qué se yo, ¿viste? Vas a ver un simple partido de básquetbol entre dos equipos radicalmente ajenos a tu corazón, cuando de repente, detrás de un picanrol se asoman valores con los que te sentís plenamente identificado.

El espíritu solidario, la resistencia para soportar los vendavales, la personalidad para tomar decisiones en los momentos calientes.

El esfuerzo y el corazón por encima de los planes trazados. Las ganas como última pero más necesaria herramienta para perseguir los objetivos.

Y de repente te das cuenta que querés que ganen esos jugadores de blanco y celeste. Porque son el espejo de los mejores valores que te enseñó tu familia.

Porque son el abrazo de esa barra de amigos que acunaste desde tu infancia.

Eso proyectan desde hace 14 años desde las canchas de básquetbol. Ganando o perdiendo.

Sí, esos que dieron por acabados cuando Brasil los eliminó en cuartos de final del Mundial de España 2014 están ahí de nuevo. Ganándole justamente a Brasil en sus Juegos Olímpicos.

A cancha llena, de atrás y en dos alargues. Como nos gusta decir a los uruguayos: a huevo.

Porque el Arena Carioca hervía y el que esperaba que el estadio se pareciera al del martes pasado cuando Argentina lo convirtió en Luna Park desde las tribunas para ganarle a Croacia -otra lección de personalidad- era un iluso.

Brasil triplicaba a los argentinos en gente, colorido y aliento.

Tan espeso se había puesto el clima previo en distintos escenarios deportivos que los capitanes Marcelinho Huertas y Luis Scola tuvieron que hablar en la previa para recordarle a los fanáticos el espíritu olímpico que anda en la vuelta.

Costó, pero el mensaje entró. A fuerza de presencia policial en las tribunas, con un hincha de Brasil retirado cuando promediaba el primer tiempo y el local daba vuelta un arranque adverso con los brillantes ingresos de Gulherme Giovannoni y Vitor Benite.

Por ahí desfilan dos hinchas de Brasil con pelucas de payaso y se apoyan en un acrílico delante de argentinos: "Correte, dejame ver, la puta que te parió".

Se paran y le gritan. Los brasileños se van enseñando un papel impreso con la bandera de Gran Bretaña donde se leía "Las Malvinas son inglesas".

Lo ves sufrir a Scola contra los ágiles movimientos de Nené Hilario en la pintura y te acordás del amigo que te salió a defender en una discoteca contra un seguridad y se llevó flor de paliza.

Lo ves errar una y otra vez a Emanuel Ginóbili y te ponés a pensar en el paso del tiempo. Hasta a dudar. Hasta que te das cuenta que es solo un partido.

Pero lo ves luchar al Chapu Nocioni y te emocionás. Porque lo ves al Ruso Pérez trancándosela a Bastian Schweinsteiger en el Mundial de Sudáfrica.

Y allá el fenómeno clava ese triple que fuerza el primer alargue en 85.

Y otra vez sufrir y otra vez remar. Te vas quedando piantao, piantao. Pero entonces aparece el talentoso.

Porque siempre hay uno para encargarse del asunto. Y ese fue Facundo Campazzo.

El que creció viendo y admirando a los Ginóbili, Oberto y Scola. El que dijo que en la primera práctica que compartió con Manu este le soltó una broma sobre su generoso abdomen que le dio tanta vergüenza que trabajó como loco para ponerse a punto físicamente.

Y ahora es nada menos que el conductor del equipo, el lector del juego y al que no le quema la pelota cuando el reloj, los rivales y las circunstancias aprietan.

Treinta y tres puntos hizo Campazzo, sí. Y 37 Nocioni. Argentina le ganó 111-107 a Brasil y lo dejó al borde la eliminación de sus Juegos Olímpicos asegurando su pasaje a cuartos de final del certamen.

A la Generación la daban por acabada tras el Mundial de España. Pero el año pasado lograron uno de los dos boletos en el FIBA Américas de México. Y ahora: esto. "La trágica locura total de revivir", dijera Horacio Ferrer. Trágica para Brasil.

Locura para todos los que sientan a ver ese equipo en forma desapasionada y terminan gritando sus bloqueos del alma, sus goles imposibles y sus victorias cargadas de los mejores valores que puede traer el deporte.


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