Atajando en el país de los ayatolas

El golero uruguayo vivió cinco años en Irán: “Pasé tanto tiempo allí que me fui adaptando, pero si uno se pone por fuera, se da cuenta que es otro mundo”

Martín Barlocco empezó atajando en el fútbol de Atlántida, más concretamente en Progreso. Luego de un paso por la capital, nunca imaginó que su destino estuviese en Irán, un país del que poco y nada conocía: “Me salió la chance de irme con 29 años y pocas oportunidades de partir. Tomé la decisión de hacerlo a ver que pasaba. A esa edad pensé en poder hacer una diferencia económica, y no lo dudé. Me informé de la ciudad a dónde iba, llegué y firmé sin problemas”.

Para jugar partidos de la liga Barlocco tenía que tomarse dos aviones de una ciudad a otra, o viajar por más de diez horas en ómnibus: Irán también es amplio en su cultura: “No hay muchas personas que hablen inglés. La única manera de permanecer y adaptarse era aprender el idioma. Yo podía hablar con dos compañeros en inglés porque iban a la Universidad, pero nada más”. Las primeras palabras que aprendió fueron las básicas para manejarse en la cancha: arriba, abajo, derecha, izquierda, voy, y alguna otra, contó a El Observador el golero. “Con el paso del tiempo también aprendí las principales para sobrevivir, los saludos, dar las gracias y algunos pedidos”.

El vestuario se volvió para él un mundo paralelo. En él, se limitaba a cambiarse y tratar de ver los gestos del entrenador y sus compañeros: “En las charlas técnicas estaba una o dos horas sin entender nada. Eran como murmullos. Pero a los meses fui empezando a agarrar la mano hasta el punto que cuando me viene entendía prácticamente todo lo que decían. Hablaba el idioma bastante fluido. Hasta he tenido que negociar contratos en este idioma”.

Sobre las costumbres del lugar, el golero que partió desde Rampla en 2007, expresó: “Son bastante diferentes a las nuestras. El común de la gente es muy curiosa con los extranjeros. Se te acercan y te preguntan si precisas algo. Tratan de estar por fuera de todos los conflictos y problemas. Los informativos muestran cosas, pero la gente está en otra. No quieren participar. Ellos me preguntaban a mí como era mi religión. Se interesaban y querían saber. Pero no me hacían problemas por nada”. 

Barlocco se adaptó a la vida en Medio Oriente, pero ciertas situaciones lo generaron mucha sorpresa: “Pasé tanto tiempo allí que me fui adaptando, pero si uno se pone por fuera, se da cuenta que es otro mundo. Las mujeres tienen que andar tapadas y los hombres no pueden andar de short. No se puede estar de musculosa. Además, está prohibido el alcohol, y no hay discotecas. Los jóvenes tienen una vida totalmente distinta a la que tenemos acá. Me preguntaban siempre cómo era vivir en Uruguay”.

Las principales diferencias culturales que le llamaron la atención fueron las reglas que tenían que cumplir las mujeres: “Todas tienen que andar con el pelo tapado por ley, pero la mitad quisiera tenerlo descubierto. Sin excepciones. Mi esposa también tenía que cumplir con la norma. Además, deben tener un velo y un vestido largo y suelto que le cubra los brazos. No se las puede besar en público”.

En Irán, todos los colegios son femeninos o masculinos. No comparten clases. Tampoco pueden ir a las canchas de fútbol. En las tribunas, no puede estar ninguna mujer. Tienen su propia selección y tienen que jugar tapadas como exige la ley. En los ómnibus, de un lado del pasillo van las mujeres y del otro los hombres. De todas maneras, según contó el jugador, “Irán es un país en el que las mujeres ocupan cargos importantes y trabajan en la mayoría de los lugares a la par de los hombres. Fui a países vecinos donde las mujeres no podían ni manejar. Todas esas costumbres son por la religión. Antes de la revolución islámica, hace 30 años, las mujeres podían optar por usar el velo o no, por ejemplo. Tienen un presidente (Mahmud Ahmadineyad) y un parlamento, pero los lineamientos los marcan los Ayatolá (El líder supremo Alí Jamenei)”.

Después de tanto tiempo allí, Barlocco, “preguntando y siguiendo los medios”, fue aprendiendo de historia: “En la frontera con Irak fui a un mausoleo que estaba todo intacto de la última guerra (contra Irak). Casas dañadas, tanques de guerra y hasta un museo”, concluyó al respecto. 

Sobre las comidas y las posibles complicaciones que esto podía tener, explicó: “Se come bastante normal. En Asia es todo muy picante, pero justo ahí no. Comen muchas comidas rápidas y todo con arroz. Absolutamente todas las comidas son con arroz. Cuando venía de visita no podía no probarlo. Cada vez que yo les decía Uruguay ellos me decían ‘Uruguay-arroz’”.

En lo estrictamente deportivo, el golero de 37 años se llevó otras sorpresas que no imaginaba cuando viajó: “Las canchas están casi siempre llenas. Hay ciudades de millones de personas y el fútbol es muy popular, por lo que nunca falta gente en las gradas. Estuve cinco años y siempre firmé por un año. Cada año, o cada seis meses, tenías que andar bien por que si no te volvías. Ellos no tienen problemas en darte lo acordado, te sacan y llevan a otro. Tuve la suerte de que me fuera bien en todas las temporadas. Incluso terminé siendo capitán, pese a las limitaciones idiomáticas”.

“No es un país fácil de adaptarse. Si no lo lográs, tenés que irte. Tuve suerte de llegar y rendir. Fui sin saber nada del fútbol ni el nivel. Iba me paraba y atajaba lo mejor que pudiera. Tuve la suerte de que en mi equipo el entrenador me quería y que en los primeros partidos me fue bastante bien”, agregó.

Pese a sus buenas campañas, Barlocco tuvo que volverse. Las nuevas reglas para los extranjeros no le permitieron quedarse allí. En Segunda División solo pueden jugar iraníes. Y en Primera solo puede haber hasta tres extranjeros. Además de esa situación, en Irán devaluaron del dólar en un 300% y eso complicó las posibilidades de que el jugador permaneciera en el país: “En lo deportivo me fue muy bien. Habré jugando unos 150 partidos. Quedé tranquilo por las cosas que dejé. Una buena imagen, por el rendimiento y varios amigos”. 

Martín Barlocco: Atajando en el país de los ayatolas

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