Alaniz vive su segunda vida

Gracias a una llamada que recibió para irse a España, dejó al plantel de Chapecoense que se estrelló en noviembre y sufrió por sus excompañeros

No le gustaba estudiar entonces su padre lo llevó a trabajar con él allá en Melo. Tenía 14 años y jugaba al baby fútbol en Boca de esa ciudad. Trabajó en una fábrica de ticholos durante seis meses hasta que le salió la posibilidad de venirse a Montevideo porque el Bola Robert Lima lo recomendó a Peñarol. Entrenó en Sexta, pero no quedó.

Entonces fue el turno de Defensor Sporting de fijarse en él. Y con esa edad, siendo un niño, se vino solo, sin sus padres, a la casa que tienen los violetas.

"Me acuerdo de la señora René. Nos hacía la comida y nos trataba como una madre. No nos faltaba nada", explicó Martín Alaniz a Referí, el mismo zurdo cerrado que el sábado le rompió el arco a Adrián Berbia con un tiro libre defendiendo ahora a Racing. Así los de Sayago consiguieron su primera victoria en el Apertura.

Martín es aquel que logró el ascenso con Juventud de Las Piedras cuando lo dirigía Ariel De Armas. "Tengo un buen recuerdo porque fue el club que me hizo debutar en Primera. También hice el gol más lindo del campeonato", dice.

Su buen rendimiento en los pedrenses llevaron a que Guillermo Almada se fijara en él. Lo llamaron para hacer una prueba –seguía haciendo pruebas– en River Plate y firmó por un año.

Fue el momento en el que los darseneros tenían un gran equipo, que logró pelear el campeonato.

"En la última fecha, si le ganábamos a Fénix, éramos campeones. Empatamos 1-1, pero si Defensor no le ganaba a Cerro en el Tróccoli, igual dábamos la vuelta. Cuando terminó nuestro partido, nos pusimos a escuchar las radios a ver qué pasaba. Iban 0-0 y estábamos locos de la vida, aunque nerviosos. Pero en el tercer minuto de adición, (Giorgian) De Arrascaeta hizo el gol y fueron ellos los campeones. Fue una tristeza enorme para todos", señala Alaniz.

El destino quiso que un día vinieran desde Morelia de México a ver el Wanderers-River en el Viera. Querían llevarse a Hamilton Pereira, pero Martín hizo el gol para el 1-1 final y jugó muy bien. Hubo una reunión esa noche y se terminó yendo junto con el volante.

"Pese a que estuve solo seis meses, fue el lugar en el que tuve mi mejor rendimiento", indicó.

La oportunidad que se le abrió en la vecina orilla en Argentinos Juniors, no la pudo aprovechar. "Jugué poco porque me desgarré tres veces. ¿Si era porque no me cuidaba y salía de noche? Noooo, es que no me cicatrizaba bien y yo quería jugar, entonces se hacía imposible con una lesión detrás de otra".

Volvió a River pero había otro comandante al frente. Nada menos que Juan Ramón Carrasco. Alaniz tiene su opinión al respecto: "Es un técnico que sabe mucho, pero tiene su carácter y yo también tengo el mío. No nos llevamos muy bien y esos seis meses los viví malhumorado".

A principios de 2016, surgió la posibilidad de ir a un club brasileño con un nombre larguísimo y no tan conocido en Uruguay: Chapecoense.

Se fue a la aventura y pasó muy bien.

"Puedo decir que en lo que respecta a la vida, fue el club en el que me sentí más cómodo. Te cuidan mucho, juegues o no y está muy bien organizado", recuerda.

Tenía seis meses más de contrato pero a fines de julio recibió un llamado que le cambió su existencia. Joaquín del Olmo, aquel volante que defendió a México en la Copa América de 1995 en Uruguay, lo conocía de Morelia. Es el actual director deportivo de Real Oviedo de España y se lo quiso llevar. Aunque Martín nunca lo había visto, lo sedujo el hecho de ir a jugar al viejo continente.

Y se fue. Dejó a sus excompañeros que ya eran amigos porque con Chapecoense pasó muy buenos momentos. Y pocos meses después, sucedió la tragedia. El avión que se estrelló en Medellín en el cual murieron 71 personas y casi todo el plantel.

"Si no hubiese sido por Del Olmo, no estaríamos haciendo esta nota. Es como me dice él: 'Te regalé una segunda vida'. Fueron días de mucho dolor para mí. Estuve mal un buen tiempo. Durante tres días no entrené en Oviedo. Recordaba a los que habían sido mis compañeros. Cléber Santana era como mi ídolo, como si fuera mi padre. Me llevaba a comer a la casa casi todos los días. Cuando pienso que podía haber estado en ese avión, no lo puedo creer", indicó Martín.

Ahí en Oviedo lo dirigía nada menos que Fernando Hierro, uno de los últimos grandes ídolos de Real Madrid. "Como jugador fue un grande, pero como técnico, estaba haciendo sus primeras armas en Primera", explica.

Dice también que estaba el pase hecho para Nacional hace muy poquito, pero que no se hizo porque no se fue Kevin Ramírez.

Hoy tiene a su hija Zoe Agustina de cuatro años y se siente orgulloso porque puso un restorán en Melo al que le va muy bien y que ayuda a su familia. Pero también porque gracias al fútbol está terminando su casa.

Martín vive su segunda vida, como dice él. Y hoy la disfruta en Racing.


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