A Suárez "lo pintaron como un demonio y es un ángel"

Emilio Pérez de Rozas, de diario Sport, expresó su admiración por el delantero uruguayo en un artículo sobre el jugador uruguayo

Podría escribir de Leo Messi, pero se ha escrito tanto… que, personalmente, solo me gustaría oírle y, por desgracia, por mal consejo, por incapacidad de todos nosotros, él, los suyos, su familia, sus asesores, el Barça, no va a poder ser. Messi se ha negado a hablar de sus gestas. Incluso de las más recientes, la del sábado y martes. Qué se le va a hacer. Una pena. Ha decidido hablar, dicen que por la modernidad, a través de las redes sociales y yo, que tengo 62 años, no entiendo eso de las redes sociales, ni tengo Twitter, ni blog, ni Facebook, así que o me habla en vivo y en directo o le echaré en cara que aún no sé qué piensa de esos dos récords, el de máximo goleador de la Liga española y de la Champions. Y mira que me gustaría saber… Pero no sabré, no.

Podría escribir de ese ser tan perfecto, tan único, tan deportista y tan tenista que es Roger Federer, el símbolo de un deporte, ese caballero que nos gustaría fuese nuestro padre, nuestro hermano, nuestro hijo. Cuando veo a Federer, apoteósico ganador de la Davis con media espalda, pienso en lo que me dijo un día el bueno, el maravilloso, Toni Nadal, tío, descubridor y entrenador de Rafa: “Yo, para mi sobrino, querría el historial de Roger”. Y añadía: “Siempre lo dan por acabado, por finiquitado, por retirado y él se mantiene íntegro, brillante, deslumbrante, único, peleando cuando no gana, ganando a lo bestia y demostrando que es un placer verlo jugar”. Firmo debajo.

Podría escribir de Lewis Hamilton, el chico que, por fin, se ha reencarnado en el bicampeón de F1 que siempre fue porque, si algo fue este chico, fue veloz, mágico, con una cabeza construida para cosas que empeoran esa capacidad de seducir al volante. Otro que es inmenso con un volante en las manos, pero que teme que su cerebro le traicione. Se diría que sus manos son más veloces que su mente, preocupada por qué hará el rival, qué dirá la gente, cómo quedará ante el mundo… Por qué, a menudo, a veces, vencer, “campeonar”, significa no ganar, no precipitarse, ser segundo, ser sensato, ser calculador. Esperar. Calcular. Meditar. Puede que la mente se lo diga, pero él se niega a obedecer, por eso es tan hermoso y reconfortante verle “campeonar” con 11 victorias, casi tanto como ver como Marc Márquez bicampeona con 13 triunfos, uno más que el mito Mick Doohan en 1997.

Pero es miércoles y voy a emplear el espacio que me quedan para, en medio del elogio a Messi, a Ney, a un recuperado Busquets, a un siempre providencial Xavi, a un Piqué que está volviendo, a un volador Ter Stegen, decir que yo soy devoto de Luis Suárez.

Me gusta Luis Suárez, me parece, también, sí, muy especial, único en la fauna futbolística que habita en las catacumbas del Camp Nou y, sobre todo, me parece un jugador tremendo, grandioso, inmenso, de aquellos que hace sin notarse, que corre sin ser veloz, que piensa pareciendo tonto, que ayuda sin aparecer en pantalla, que sirve sin parecer un camarero, que ejerce de futbolista simulando ser un funcionario.

Desde el primer día que lo vi aparecer por Barcelona supe que me gustaría. Llegó asustado, silencioso, parecía caminar con zapatos de gamuza, pero enseguida descubrí que estaba hecho del material con el que se hacen los sueños. Porque su cara reflejaba cierta tristeza, pero mucha serenidad. Su disposición era paciente y supo que debía armarse de paciencia hasta que llegase su momento, sus momentos.

Hasta ese instante, que para mí se produjo mucho antes que en la acción de su primer gol como azulgrana en Nicosia (Chipre), fue sobrio, austero. Y sigue siéndolo. No tiene reparo en convivir con las megaestrellas del Barça. Ni siquiera ser su servidor.

En su cabeza, al revés que ocurre en la de Hamilton, los pasos están dibujados con sigilo y es ahí, digo, supongo, donde Pere Guardiola, hermano del gran Pep, ha tenido mucho que ver. Despacito y buena letra. Sin prisas, pero sin pausa. Ya le llegaré el momento de ser elevado a las alturas, a los cielos messiánicos, conocedor la Pulga de que es difícil que encuentre mejor socio para sus andanzas goleadoras.

Lo que Suárez hizo en la noche chipriota del pasado martes no es nuevo, ni viejo, es Suárez. Porque lo enorme, lo grandioso de este muchacho uruguayo es que, dentro de un vestuario donde existen tantos egos y, sobre todo, tantos virtuosos del fútbol (los hay que corren, los hay que driblan, los hay que fantasean con el balón en los pies, los hay que solo golean, los hay que roban, los hay que se regalan…), él, Luis Suárez, consigue ser diferente, único, distinto.

Y, la verdad, ser distinto en el Barça, aportar cosas que no aporta nadie, moverse como no se mueve nadie y, sobre todo, ¡Dios que milagro!, regatear sin tocar el balón, sentar sobre el césped al rival con solo mover la cintura, dejando pasar el balón entre sus piernas (sin tocarlo), para recuperarlo tras girar sobre sí mismo, solo está en la mente y pies de este fenómeno, que no tiene prisa por deslumbrar.

Lo pintaron como el mismísimo demonio y es un ángel más del fútbol. Me gusta ese tío, capaz de estar rodeado de astros y, sabiéndose el rey Sol, seguir oculto tras la Luna. Pero da luz, que es lo que cuenta. Y pronto deslumbrará, cegará. Ya verán.

 


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