A Nacional lo mató la confianza

La paternidad de los últimos años y los últimos resultados del torneo no hacían presumir el final para los tricolores

El optimismo desmedido generó un fuerte dolor de cabeza en Nacional. La derrota caló hasta los huesos y se notó en la impotencia de los hinchas y en el silencio sepulcral que había en el vestuario al cabo del clásico. Rostros duros, miradas clavadas en el piso o en el más allá. Los tricolores no esperaban perder como perdieron ayer frente a Peñarol. Una sensación de excesiva confianza rodeaba al plantel del Vasco Arruabarrena.

No por el técnico o los futbolistas, porque estos nunca van a decir (salvó escasas excepciones) que se sienten superiores a sus rivales. Pero flotaba en el ambiente una aureola de exitismo, producto de los  últimos resultados favorables de Nacional y desfavorables de Peñarol. En esto colaboraron los periodistas (porque hay que hacerse cargo) con sus opiniones atribuyéndole mayores probabilidades que el rival y también los hinchas con la lógica del corazón.

En mayor o menor medida también influyó la paternidad tricolor del último tiempo. Nacional no había perdido en los últimos seis clásicos oficiales. Y por una diferencia de tres goles no caía desde el Clausura de 2007.

El golpe fue terrible. Un piñazo de Floyd Mayweather al mentón. El equipo se alejó del tricampeonato, terminó ofuscado, con tres jugadores expulsados y un sabor amarguísimo en el debut clásico de Arruabarrena.

La previa, una fiesta

Pasaditas las tres de la tarde llegó el plantel albo al Centenario. “Es el partido más lindo de jugar, el más esperado”, dijo Vicente Sánchez a la pasada; “estoy 100% recuperado” confirmó Iván Alonso.

El Chengue Morales, un ex futbolista idolatrado por los albos, se acercó al vestuario para saludar. “Es emocionante jugar estos partidos”, recordó mientras se tomaba decenas de fotos en la platea América.

La Olímpica y la Colombes se vistieron de fiesta. Se repartieron 20.000 banderas pequeñas, rojas, azules y blancas, para formar con todas ellas una bandera gigante. La creatividad puesta a la orden de la pasión.

A 10 minutos del comienzo del juego, la tensión ganó el vestuario. Salieron los jugadores rumbo a la cancha. El primero, Alejandro Lembo, serio, concentrado. Detrás, Bava. Acomodándose el brazalete de capitán emergió Medina y saludó a alguien a la pasada. El Hueso Romero le dio un beso a su mujer y se llevó para la cancha a su pequeña hija, vestida con una camiseta azul de Nacional y con el número 15 de su padre.

Gritos de aliento, palmadas, besos. Nada hacía presumir el final.

El durante

Arruabarrena se equivocó. Falló en la conformación del equipo y en la elección del sistema táctico. Esto quedó en evidencia después del partido, está claro. Si le salía bien era un fenómeno, pero tampoco es el peor técnico porque le salió mal la jugada. El fútbol es así.

Lo que hace más ruido de las decisiones del entrenador es la inclusión de Alonso. El delantero sufrió un pinchazo en el gemelo de la pierna izquierda el lunes pasado apenas comenzado el partido contra River Plate. No entrenó con normalidad los días posteriores. El gerente deportivo de Peñarol, Carlos Sánchez, declaró que para él no jugaba Alonso porque es difícil que un futbolista de 35 años se recupere tan rápidamente de una lesión muscular.

Sin embargo, Alonso fue titular y se lesionó enseguida. El Vasco lo perdió para el clásico y también para el partido del jueves frente a Real Garcilaso por la Copa Libertadores. Le salió carísimo.

El sistema con dos centrodelanteros fue otra novedad que presentó el técnico, que no tuvo resultados positivos. No hubo quien le hiciera el juego a Medina y Abreu (ingresó a los 12’ por Alonso) porque todo quedó en los pies de Núñez, que apareció por la banda pero no siempre terminó con claridad.

Además, falló defensivamente y no tuvo tiempo ni fuerzas para reaccionar. Las entradas de Bueno y Recoba fueron dos manotazos en el medio del Océano.

Tristeza final

Antes del partido el cuerpo técnico había tomado la decisión de que los futbolistas no se iban a duchar en el Estadio, sino que se trasladarían a Los Céspedes, pero alguno podía permanecer unos minutos para atender los requerimientos de la prensa.

Luego del juego, los jugadores salieron del camarín en silencio, tapados hasta la cabeza. Subieron la escalera que los depositó en la parte exterior del Centenario y se metieron en el ómnibus. Una procesión de dolor.

El único que se acercó a los periodistas fue Arruabarrena. Se notaba en sus ojos la tristeza, el dolor. Él, que está curtido de jugar los clásicos Boca-River, sintió el impacto. También los hinchas, que se fueron sufriendo. 


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